Cómo uno de los asesores más polémicos de Trump llegó a ser secretario general de la Casa Blanca, y qué significa esto
Por Adam Cancryn, Priscilla Alvarez y Sarah Owermohle, CNN
El presidente Donald Trump reaccionó a la contundente derrota sufrida esta semana por el Partido Republicano sugiriendo inicialmente que podría suavizar su postura y mostrándose abierto a colaborar con los demócratas.
Sin embargo, tras irritarse cada vez más por los resultados de las elecciones intermedias, Trump cambió bruscamente de rumbo: sustituyó a la secretaria general de la Casa Blanca, Susie Wiles, por su colaborador de larga data Stephen Miller, alentado por aliados que le instaban a intensificar la confrontación.
El ascenso de Miller envió un mensaje claro: Trump redobla la apuesta.
La elección de un leal partidario del movimiento MAGA —considerado una de las voces de línea dura más influyentes de su círculo íntimo— marca la intención de ejercer una autoridad ejecutiva aún mayor. Miller fue el artífice de la agresiva campaña de deportaciones de Trump y de otras políticas polémicas que pusieron a prueba los límites del poder de la Casa Blanca, pero que también provocaron el rechazo de los votantes y contribuyeron a las históricas derrotas electorales del Partido Republicano.
Incluso algunos republicanos expresaron su consternación ante la elección de Miller, temiendo abiertamente que esta reflejara una interpretación totalmente errónea de los motivos detrás del rechazo masivo de los votantes a la gestión republicana.
“Perdimos a los latinos debido a la imagen de las deportaciones”, declaró el representante por Indiana, Marlin Stutzman, en un programa de radio local, señalando a Miller por “hablar constantemente de deportaciones”.
“El Partido Republicano tiene que despertar y darse cuenta de que vamos a quedar en minoría”, afirmó.
Pero Trump optó por seguir otro consejo.
Mientras reflexionaba sobre las históricas derrotas del martes y consultaba a amigos y aliados sobre qué hacer, escuchó a un grupo que le instaba a reemplazar a Wiles —y a considerar a Miller como su sustituto—, según personas familiarizadas con el asunto.
Esos aliados argumentaban que Miller ya había demostrado su capacidad para ejecutar con firmeza y militancia los deseos de Trump y que, a diferencia de candidatos externos, no necesitaría tiempo para ponerse al día.
Además, sostenían que los resultados de las elecciones intermedias habían revelado un Partido Republicano que había perdido la confianza del propio movimiento MAGA de Trump. Para reparar esa relación y devolver al partido a la senda de la victoria, se necesitaba una figura del movimiento como Miller.
Era un diagnóstico muy distinto al que tenían muchos otros republicanos sobre los resultados electorales, los cuales atribuían la responsabilidad de las derrotas directamente a la agenda y a la toma de decisiones de Trump.
Pero, a la hora de elegir, según las personas familiarizadas con la situación, Trump siempre se ha inclinado por intensificar la confrontación.
“En los temas clave que afectan al movimiento MAGA y a la administración, Stephen es muy agresivo”, afirmó Steve Bannon, exasesor de Trump y aliado cercano. “Es la elección perfecta”.
La reorganización del personal presagia lo que probablemente serán dos años de creciente confrontación entre la Casa Blanca de Trump y los demócratas, quienes recientemente han logrado el control del Congreso.
“Es la última persona que uno querría contratar si pretende colaborar con los demócratas”, comentó un asesor de Trump sobre Miller, a quien describió como alguien “brillante” pero excesivamente intenso. “Pero, independientemente de si se trata de John Kelly, Susie o Stephen, a fin de cuentas, Donald Trump es su propio secretario general”.
Este nombramiento marca la culminación del ascenso de Miller —que se ha prolongado durante una década— dentro del círculo de Trump; allí ha ejercido tal influencia que tanto aliados como adversarios se refieren a él en privado como “el primer ministro”.
Miller ha abogado durante mucho tiempo por impulsar con agresividad las prioridades de Trump en materia de inmigración, delincuencia y reforma de las instituciones gubernamentales, sosteniendo que el presidente posee amplias facultades unilaterales para eludir al Congreso y llevar a cabo su agenda. Ha demostrado estar dispuesto a desafiar precedentes legales y normas administrativas para alcanzar sus objetivos, al tiempo que lanza acusaciones incendiarias contra los críticos que se interponen en su camino.
“El Partido Demócrata no es un partido político”, declaró Miller en una ocasión el año pasado, en respuesta a las críticas por el despliegue de tropas de la Guardia Nacional ordenado por Trump en diversas ciudades. “Es una organización extremista nacional”.
Mientras tanto, los legisladores demócratas, envalentonados por sus contundentes victorias en las elecciones intermedias, han prometido iniciar una serie de investigaciones sobre la administración y sus altos funcionarios —incluido Miller—, al tiempo que se comprometen a paralizar la agenda de Trump.
“Stephen Miller debería buscarse un buen abogado”, declaró el viernes el representante Robert Garcia, miembro de mayor rango de la Comisión de Supervisión de la Cámara de Representantes.
En este contexto, la elección de Miller por parte de Trump como su principal asesor fue vista por algunos demócratas como un acto de desafío.
“Esos tipos están pasando de lo muy malo a algo peor de lo que uno podría imaginar”, dijo a CNN la representante demócrata Chellie Pingree, de Maine. “Pero no me sorprende en absoluto”.
Quizás la consecuencia más inmediata sea que el nombramiento de Miller —que según Trump entra en vigor el lunes— probablemente frustre las esperanzas iniciales de negociar algún tipo de legislación migratoria integral. Legisladores demócratas, asesores del Congreso y defensores de los inmigrantes habían expresado en privado su optimismo de que ambos partidos pudieran unirse en torno a tal iniciativa en los próximos meses. Sin embargo, es poco probable que eso suceda ahora.
“Esta es la señal más clara de que la prioridad de Trump en esta etapa final de su mandato es causar el mayor caos posible”, afirmó Andrea Flores, fundadora de Securing America’s Promise, una iniciativa a favor de la reforma migratoria. “Los llamamientos a colaborar con él en una reforma migratoria no son realistas mientras Stephen Miller esté en la Casa Blanca”.
Ideólogo seguro de sí mismo y a menudo combativo, Miller fue uno de los primeros asesores de la campaña de Trump en 2016 —una apuesta que inicialmente parecía tener pocas posibilidades de éxito—, donde pulió el mensaje del entonces candidato novato como redactor de discursos y ayudó a definir su plataforma firmemente contraria a la inmigración.
Más tarde, Miller acompañó a Trump a la Casa Blanca como asesor principal de política interna, trabajando principalmente para impulsar medidas destinadas a restringir aún más la inmigración, incluida una política de separación familiar que provocó un fuerte rechazo tanto entre los demócratas como entre muchos republicanos.
No obstante, Trump llegó a considerar a Miller como uno de sus asesores de mayor confianza, en gran medida debido a su lealtad ferviente y a que frecuentemente salía en defensa pública tanto de él como de su agenda.
Tras regresar a la Casa Blanca para el segundo mandato de Trump, Miller aumentó rápidamente su poder: supervisó una operación de deportación masiva sin precedentes y amplió su influencia hacia otras áreas de gran repercusión y controversia, como las frecuentes operaciones de la administración para localizar y abatir a presuntos narcotraficantes en el Caribe.
Dentro de la administración, Miller ejerció una enorme presión sobre el Departamento de Seguridad Nacional para que cumpliera con cuotas de detención de inmigrantes de 3.000 personas al día, al tiempo que abogaba por un enfoque cada vez más restrictivo también respecto a la inmigración legal.
“Su objetivo es reducir la inmigración; no creo que eso sea ningún secreto”, afirmó Mark Krikorian —aliado de Miller y director del Center for Immigration Studies, organización que aboga por limitar la inmigración— cuando la operación de deportación alcanzó su punto álgido a finales del año pasado. “No se trata solo de gestionar la frontera o reducir la inmigración ilegal. Él es un auténtico partidario de restringir la inmigración”.
La campaña de deportaciones dio lugar a escenas de violencia que se hicieron virales en ciudades de todo el país, a medida que los agentes federales de inmigración perseguían a inmigrantes indocumentados que huían, se enfrentaban a manifestantes y, en varios casos, detenían por error a ciudadanos estadounidenses.
La escalada de la situación desembocó finalmente en la muerte de dos estadounidenses a manos de agentes federales en Minnesota —Renee Good y Alex Pretti—, sucesos que provocaron indignación a nivel nacional y obligaron a la administración a frenar sus esfuerzos.
Miller mantuvo un perfil relativamente bajo tras estos acontecimientos, mientras la administración intentaba gestionar las repercusiones y ajustar sus tácticas.
Sin embargo, siguió siendo una figura influyente en la Casa Blanca y uno de los confidentes más cercanos de Trump, llegando a desempeñar un papel protagonista en la defensa de las iniciativas de la administración contra el fraude durante los meses previos a las elecciones de mitad de mandato. Además, en medio de las especulaciones sobre una posible salida de Wiles tras los comicios, los aliados de Miller se esforzaron por promover su nombre como posible sucesor para el puesto de mayor rango en el Ala Oeste, según señalaron personas al tanto de la situación.
En aquel momento, Trump negó rotundamente cualquier plan para modificar su equipo directivo e insistió, a mediados de octubre, en que Wiles permanecería en la Casa Blanca “durante mucho tiempo”.
Pero apenas tres semanas después, el presidente cambió de parecer.
“A veces, en la vida, hay que hacer cambios”, declaró el viernes a los periodistas tras anunciar la reestructuración del personal. “Stephen ha estado conmigo desde el principio. Entiende cómo funcionan las cosas. Es muy hábil políticamente. Y es una gran persona”.
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