Un regalo para Putin mientras crece el temor de que Trump esté presionando a Ucrania
Análisis de Nick Paton Walsh, CNN
En última instancia, uno se pregunta qué le dice Vladimir Putin a Donald Trump cuando hablan por teléfono.
Hace una semana, una llamada entre el presidente estadounidense y su homólogo ruso parecía tratar sobre una aclaración urgente respecto a un posible brote de peste en Siberia. En su lugar, surgió un acuerdo controvertido para comprar diésel ruso, lo que provocó la furia de los ucranianos, seguido por la exigencia de Trump de que eligieran un nuevo presidente. Durante días, en toda Europa creció el temor de que esto pudiera traducirse en una limitación real de la ayuda militar y de inteligencia de EE.UU. a Ucrania; en las últimas 48 horas, ese temor podría estar convirtiéndose en realidad.
En dos ocasiones, el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, ha declarado que Kyiv no recibió de sus socios la advertencia habitual sobre los ataques con misiles balísticos rusos.
Estados Unidos, cuyos satélites y otros métodos sirven como mecanismos de alerta temprana ante los lanzamientos rusos, suele proporcionar a los ucranianos unos minutos vitales para correr a los refugios antes de que impacten los misiles. Anoche, 39 de ellos impactaron en Ucrania. El presidente Trump ha rechazado abiertamente la idea de haber dejado de compartir información de inteligencia con Ucrania, afirmando el martes: “Les estamos ayudando y estamos compartiendo inteligencia”. Sin embargo, esto no descarta la posibilidad de que se esté compartiendo menos información o que esta llegue con menos inmediatez que en tiempo real.
Dado que el número de víctimas mortales de los ataques rusos suele contarse por decenas —mientras Moscú busca ampliar aún más el alcance de la carnicería civil que inflige—, una retirada repentina de estas alertas tempranas probablemente supondría la muerte de muchos ucranianos. Es posible que haya otra razón para las declaraciones de Zelensky: que esté adoptando una postura preventiva, o que las malas condiciones meteorológicas o problemas técnicos hayan producido la falta de alertas.
La segunda retirada de asistencia que pareció afectar a Ucrania el miércoles también sugiere que Trump está ejerciendo una mayor presión sobre el país.
Las antenas de internet satelital Starlink —que ayudan a los drones ucranianos de medio y largo alcance a alcanzar sus objetivos, así como a los interceptores a combatir los drones rusos de merodeo— han sufrido importantes limitaciones de velocidad. Esto podría equivaler a la eliminación de una capacidad adicional negociada por el exministro de Defensa ucraniano, Mykhailo Fedorov, con el propietario de SpaceX, Elon Musk. Cabe señalar que esto no es comparable a la decisión de Musk de detener por completo el funcionamiento de Starlink dentro de Rusia, medida que obstaculizó considerablemente las operaciones de Moscú en el frente durante el verano boreal del año pasado. No obstante, se trata de un desplante palpable con repercusiones operativas, y que, según funcionarios ucranianos, solo habría ocurrido a instancias de la Casa Blanca.
Desde hace días, funcionarios europeos y ucranianos han advertido que Estados Unidos amenazaba con limitar la cooperación en materia de inteligencia y otros ámbitos si Kyiv no dejaba de atacar las instalaciones rusas de diésel. Trump ha afirmado —de manera algo engañosa— que los ataques ucranianos contra las instalaciones petroleras de Moscú son la causa del aumento de los precios del combustible en Estados Unidos, optando por ignorar el papel que ha desempeñado el estrecho de Ormuz en esta calamidad económica mundial. Es posible que la ralentización de Starlink y la ausencia de alertas sobre misiles balísticos indiquen que esta amenaza se está materializando.
El presidente Trump ha negado que este sea el caso, pero ello no constituye, por sí solo, una prueba definitiva de que no esté ocurriendo. Asimismo, desde que habló con Putin, Trump ha vuelto a cambiar de postura: pasó de decidir finalmente permitir que Ucrania fabricara sus propios interceptores Patriot —una medida vital y de gran relevancia que se había demorado durante mucho tiempo— a concluir que el verdadero obstáculo para la paz es Zelensky, el presidente del país invadido, quien lleva más de un año solicitando un alto el fuego inmediato.
No parece influir en el razonamiento de Trump el hecho de que Putin ataque instalaciones energéticas ucranianas en plena “tregua energética” autoproclamada por el propio Trump. Tampoco cuando los agentes de Putin conspiran para asesinar a un disidente en Washington, o cuando las empresas estadounidenses sufren ataques implacables en Ucrania. Hay momentos en los que Trump simplemente parece empeñado en perjudicar a Ucrania y socavar su posición. Quizás nunca sepamos por qué, o qué le dice Putin para provocar este cambio de postura —relativamente frecuente— en la visión del mundo de Trump.
Podría especularse retomando el viejo cliché de que Trump, en su faceta de negociador inmobiliario, intenta presionar a sus subcontratistas (en este caso, Ucrania) para cerrar el trato o fijar un precio más atractivo para su consumidor final (Putin), quien —como Trump ha evaluado correctamente— lleva las riendas de la guerra y, por ende, de cualquier acuerdo de paz. Sin embargo, el momento elegido para ejercer esta presión rara vez coincide con la cercanía de un acuerdo ni parece responder a una lógica clara. Según la mayoría de los análisis, la decisión de Trump de levantar las sanciones al diésel ruso no afectará a los precios en los surtidores estadounidenses antes de las elecciones intermedias, pero probablemente llenará las arcas del Kremlin con efectivo que necesitan desesperadamente.
Zelensky y sus aliados europeos han presenciado estas vacilaciones tantas veces que ya son inmunes a su impacto emocional; tal vez incluso se tomen con calma la duración de estos cambios de rumbo. Quizás una nueva labor de persuasión por parte del francés Macron, otra llamada del secretario general de la OTAN, Rutte, o una visita de la italiana Meloni logren que el presidente estadounidense vuelva a cambiar de opinión. De hecho, Zelensky estuvo en Londres este miércoles, y es seguro que el tema salió a relucir.
No obstante, la persistente simpatía de Trump hacia la postura de Rusia sigue siendo un misterio de nuestra época. Sus críticos sostienen que es poco probable que logre su aparente objetivo de alcanzar un acuerdo de paz, ya que dicha postura es incompatible con los intereses de seguridad a largo plazo de Estados Unidos e ignora el papel de Moscú en el apoyo a Irán, país que sigue causando situaciones embarazosas a Trump y causando bajas entre los militares estadounidenses.
Sin embargo, la situación actual conlleva riesgos inherentes tanto para Trump como para Putin.
En primer lugar, Trump podría generar tal grado de animosidad en sus relaciones transatlánticas que sus aliados opten simplemente por ignorarlo durante los 18 meses posteriores a las elecciones de mitad de periodo, a la espera de que abandone el cargo. Esto podría dejar a Trump aún más limitado a la hora de afrontar un conflicto intratable que se extiende por Medio Oriente.
También existen riesgos para Putin.
El hecho de que Europa y Ucrania se vean obligadas a seguir adelante sin Estados Unidos —desarrollando resiliencia, ideando nuevos métodos e incrementando drásticamente la financiación de su defensa— no deja al Kremlin en una posición dominante. Cuanto más antagoniza Moscú a Europa, más se arma esta última y mayor resulta, a largo plazo, la amenaza (defensiva) que los ejércitos europeos representan para Rusia.
Ucrania ha demostrado una inventiva y una capacidad extraordinarias. Es poco probable que esto cese; más bien, es probable que vuelva a transformar el panorama bélico en los próximos años. Del mismo modo, la capacidad de Rusia para soportar el sufrimiento es inmensa. Sin embargo, su punto de ruptura rara vez es visible públicamente y tiende a surgir amenazadoramente desde las profundidades sin previo aviso, tal como ocurrió cuando el frustrado jefe de la infame fuerza mercenaria rusa Wagner lanzó una rebelión de corta duración, en 2023.
No obstante, a corto plazo, el riesgo de esta estrategia actual recae enteramente sobre Ucrania. Sus niños y madres mueren a causa de los ataques nocturnos. Sus ciudades viven en vela. Y su ayuda militar está a merced de la curiosa camaradería entre dos hombres poderosos.
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