Lo que Trump comparte con Truman tras una contundente derrota en las elecciones intermedias
Análisis de Brett H. McGurk, CNN
Poco después de la Segunda Guerra Mundial, mientras Estados Unidos se enfrentaba a una Unión Soviética en ascenso, una Europa devastada y el inicio de la Guerra Fría, el Partido Demócrata del presidente Harry S. Truman sufrió una aplastante derrota en las elecciones intermedias.
En 1946, los republicanos ganaron 55 escaños en la Cámara de Representantes y 12 en el Senado, con lo que tomaron el control de ambas cámaras por primera vez en 16 años.
La presidencia de Truman parecía acabada. Un senador de su propio partido, J. William Fulbright, de Arkansas, sugirió que Truman nombrara a un secretario de Estado republicano y renunciara, cediendo la presidencia en virtud de la ley de sucesión vigente en ese momento.
Pero no tan rápido.
Truman recurrió al senador Arthur Vandenberg, un antiguo aislacionista de Michigan que se convirtió en presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores en el nuevo Congreso.
Su improbable colaboración ayudó a forjar la Doctrina Truman, el Plan Marshall y, finalmente, el Tratado del Atlántico Norte, que dio lugar a la OTAN. Juntos, ayudaron a construir una estrategia que contuvo la expansión soviética y sentó las bases para ganar la Guerra Fría décadas más tarde.
El principio rector de Vandenberg era que la política partidista debía detenerse “en la orilla del agua” (es decir, al llegar a las fronteras nacionales).
Los dos hombres siguieron enfrentándose. Truman hizo campaña contra el Congreso republicano que “no hacía nada”. Vandenberg seguía siendo un republicano con aspiraciones presidenciales.
Sin embargo, coincidieron en los desafíos a los que se enfrentaba Estados Unidos y encontraron la manera de colaborar en los asuntos que más importaban al país.
80 años después, algo así parece casi inimaginable.
Trump se enfrenta ahora a una situación que Truman reconocería: una contundente derrota en las elecciones intermedias que entregó ambas cámaras del Congreso a la oposición.
¿Podrá encontrar a su propio Vandenberg?
Es de esperar que así sea.
Nos encontramos en una carrera tecnológica con China en torno a la inteligencia artificial, de la cual depende el futuro del poder económico y militar. Europa se enfrenta al riesgo de una guerra de mayor envergadura, mientras la invasión rusa de Ucrania se acerca a cumplir cinco años. EE.UU. está estancado en una situación con Irán de la que no hay una salida fácil, y no existen motivos para esperar que Teherán abandone su hostilidad hacia Estados Unidos, su apoyo al terrorismo o sus ambiciones nucleares.
Todas estas amenazas perdurarán más allá de la presidencia de Trump. Cada una exige tomar decisiones que podrían tardar años o décadas en dar frutos. Y cada una se vuelve más difícil cuando Washington no puede mantener una política el tiempo suficiente para que funcione.
Consideremos la perspectiva desde el otro lado del océano.
Si usted es Vladimir Putin, ¿por qué hacer concesiones si EE.UU. está dividido y su apoyo a Ucrania podría derrumbarse primero? Lo mismo ocurre con el presidente de China, Xi Jinping, quien considera que Estados Unidos está desgarrado por las divisiones y en un declive terminal.
O pensemos en los líderes de Irán: ¿por qué negociar cuando Estados Unidos podría abandonar por completo Medio Oriente en un futuro próximo? Mojtaba Jamenei, el nuevo líder supremo de Irán —aunque nunca se le ha visto en público—, pareció hablar en nombre de los tres al afirmar que “el colapso de Estados Unidos se ha acelerado” tras las elecciones intermedias.
Incluso dentro del propio país, si un fabricante estadounidense recibe la petición de ampliar su producción de armamento, ¿por qué construir una fábrica sin tener la certeza de que Washington comprará lo que allí se produzca?
Es lo que podríamos llamar el “precio de la incertidumbre”. Los adversarios aprovechan su ventaja; los aliados se cubren las espaldas; la industria estadounidense se muestra reticente.
La colaboración entre Truman y Vandenberg funcionó porque ambos asumieron responsabilidades que iban más allá de los intentos por derrotar al partido rival.
Truman tenía una visión clara: la expansión soviética amenazaba la seguridad de Estados Unidos, por lo que el país debía fortalecer a los países vulnerables a la presión soviética.
El Plan Marshall aportó los medios económicos. La naciente alianza atlántica aportó los medios militares. El apoyo bipartidista del Congreso dio continuidad a ambos.
Truman, además, permitió que Vandenberg contribuyera a definir la política.
Su gobierno consultó al senador a medida que se desarrollaban las propuestas. Vandenberg exigió cambios y logró sumar a republicanos escépticos. Al haber participado en el diseño de las políticas, asumía también la responsabilidad sobre ellas.
Esto encierra una lección para ambos partidos en la actualidad.
Una colaboración en beneficio del país exige concesiones políticas. El presidente debe aceptar que su legado requiere ahora colaborar con los demócratas; estos, a su vez, deben aceptar que una política que merece ser respaldada podría, al mismo tiempo, suponer una victoria para Trump.
Ninguna de estas dos cosas resulta natural en el Washington actual. Tampoco lo era en el Washington de la época de Truman.
Ciertamente, una alianza similar resulta poco probable actualmente, pero la necesidad de ella no es menos urgente. Y no es imposible imaginarla.
Se espera que el senador Chris Coons, de Delaware, presida la Comisión de Relaciones Exteriores. El representante Gregory Meeks, de Nueva York, busca liderar su equivalente en la Cámara de Representantes. He trabajado con ambos durante distintos Gobierno. Los dos tienen una gran experiencia y son capaces de forjar acuerdos cuando es necesario con la Casa Blanca. Además, ambos comprenden las responsabilidades que esto implica y representan las alas pragmáticas de su partido.
Se enfrentarían a la resistencia de aquellos demócratas que interpretan el resultado electoral como un mandato para dos años de confrontación con Trump, y no de cooperación. No obstante, el nuevo Congreso aún puede ejercer su función de supervisión y exigir rendición de cuentas a Trump, al tiempo que impulsa acuerdos bipartidistas en materia de política exterior.
Trump representa el obstáculo más fundamental. Para colaborar con él, el Congreso necesita saber qué se le pide respaldar, y si el presidente mantendrá ese apoyo al día siguiente. La coherencia y la responsabilidad compartida no forman parte de los instintos políticos de Trump.
Pero, ¿qué ocurriría si se adoptara un espíritu al estilo Truman-Vandenberg? ¿Qué se podría lograr?
Mucho.
En cuanto a Ucrania, un acuerdo plurianual podría mantener el apoyo militar, económico y de inteligencia, exigir más a los socios europeos y ampliar la producción armamentística estadounidense para reponer nuestras reservas a gran escala.
Respecto a China, un acuerdo podría acelerar el desarrollo de la infraestructura energética y computacional necesaria para ganar la carrera de la inteligencia artificial, al tiempo que aborda los costes de la electricidad y las perturbaciones económicas.
En el caso de Irán, Trump inició una guerra sin objetivos claros ni un punto final. Un enfoque cooperativo podría definir objetivos, parámetros de referencia y una estrategia para reducir gradualmente el conflicto, al tiempo que contiene a Irán y le impide reconstruir su programa nuclear.
En todos estos casos, un presidente obligado a definir objetivos y a ajustar sus metas a los recursos disponibles genera políticas más sólidas y duraderas.
Las elecciones dividieron la responsabilidad de gobernar. No suspendieron los desafíos que enfrenta Estados Unidos. Esos retos podrían acelerarse a medida que los enemigos busquen obtener ventajas y los amigos se protejan frente a un Washington paralizado hasta las próximas elecciones.
Ese era también el peligro en 1946. Truman y Vandenberg lograron convencer a otros países —tanto amigos como enemigos— de que los compromisos estadounidenses perdurarían más allá de los procesos electorales.
Por supuesto, Trump tendría que presentar estrategias coherentes y aceptar que el Congreso participe en su formulación. Los líderes demócratas tendrían que asumir la responsabilidad de garantizar que dichas estrategias funcionen.
¿Improbable? Sí. Pero necesario.
La alternativa es pasar dos años demostrándoles a los adversarios que pueden resistir más que nosotros y a los amigos que deberían hacer otros planes.
The-CNN-Wire
™ & © 2026 Cable News Network, Inc., a Warner Bros. Discovery Company. All rights reserved.