¿Cómo es que subasten tu cuerpo desnudo por decenas de millones de dólares?
Por Leah Dolan, CNN
Hizo falta que cuatro hombres cargaran el cuadro de 90 kilos para colgarlo en la pared. Una vez instalado, el voluptuoso cuerpo desnudo se alza imponente, como una montaña, sobre el pálido fondo de la galería londinense de Sotheby’s. Hay cinco o seis personas en la sala, incluidos los encargados de la instalación y el equipo de prensa de la casa de subastas, quienes murmuran admirados y lanzan exclamaciones de asombro ante la mujer dormida plasmada en el lienzo, cuya carne de tonos azulados se desborda en pliegues. De repente, una voz jovial con un marcado acento del este de Londres irrumpe entre los susurros hipnotizados: “¡Hola!”, dice una mujer de complexión mucho más menuda desde el fondo de la sala. “¡Aquí estoy, en carne y hueso!”.
Sue Tilley, una supervisora de prestaciones sociales ya jubilada de unos 60 años —y modelo de la monumental pintura del artista británico Lucian Freud titulada “Sleeping by the Lion Carpet” (1996)— ha viajado desde su hogar en St Leonards-on-Sea, en la costa sur de Inglaterra, para un encuentro singular con esta obra al óleo sobre lienzo antes de que salga a subasta el próximo mes. El retrato —que, según Olivier Barker, presidente de Sotheby’s Europa, constituye “la obra cumbre de la producción de Lucian”— tiene un precio estimado de entre entre US$ 33 millones y US$ 45 millones para la venta de la Colección Lewis, que se celebrará el 24 de junio.
Tilley es plenamente consciente de estas cifras astronómicas, por supuesto, aunque ahí termina su vinculación con el asunto. “Resulta muy extraño, porque en realidad yo nunca recibí dinero alguno”, comentó mientras permanecía sentada frente a su imponente retrato. “A veces pienso que, probablemente, yo misma valga unos 100 millones de libras”, añadió entre risas. “¡Qué cosa tan insólita!”.
Posó para el insigne pintor —fallecido en 2011— en numerosas ocasiones durante la década de 1990, recibiendo a cambio una modesta remuneración por jornada. (“La gente cree que entré en la habitación y exclamé: ‘¡Guau, trabajemos en la pintura más cara del mundo!’. No fue así en absoluto”). Juntos crearon cuatro retratos: “Evening in the Studio” (1993), “Benefits Supervisor Resting” (1994), “Benefits Supervisor Sleeping” (1995) y “Sleeping by the Lion Carpet”. Dos de ellos han batido récords con su precio de venta: primero el retrato de 1995, que se vendió en 2008 en Christie’s (Nueva York) por US$ 33,6 millones, convirtiéndose en la obra más cara de un artista vivo. Luego, en 2015, la proverbial vara de medir fue lanzada como una jabalina, después de que la pintura de 1994 se vendiera —también en Christie’s, en Nueva York— por US$ 56,2 millones.
Freud y Tilley se conocieron gracias a un amigo en común: Leigh Bowery, el pionero artista y diseñador de vestuario australiano que se mudó a Londres siendo adolescente, decidido a experimentar la vida nocturna y la cultura sobre las que leía en las revistas. Tilley era amiga íntima de Bowery —a quien conoció saliendo de fiesta— y, en 2025, escribió su biografía. “Se labró una reputación por ser sumamente extravagante”, comentó ella. “Pero, en el fondo, era una persona muy normal”. Freud, por su parte, estaba interesado en mantenerse cerca de la escena vanguardista londinense: “el corazón palpitante de lo que realmente estaba sucediendo en Londres en aquel momento concreto”, afirmó Barker. Pintó a Bowery, a Tilley y a toda una legión de su círculo de amigos de la vida nocturna. Tilley, en particular, “aportó algo que (Freud) necesitaba de sus modelos”, añadió Barker.
Fue “una experiencia fantástica”, relató Tilley, mientras charlaban animadamente sobre todo tipo de temas: desde la vida y los chismes amistosos hasta las carreras de caballos. Sin embargo, posar para el maestro de la pintura no estuvo exento de complicaciones ni incomodidades. Para empezar, ella nunca antes había posado desnuda. Nerviosa ante la incertidumbre de lo que le depararía la primera sesión, Bowery acudió a su casa y “me hizo desnudar para que pudiera practicar”. Las instrucciones de Bowery (“tienes que hacer esto, tienes que hacer aquello”) infundieron “el temor de Dios” en Tilley. Pero cuando conoció a Freud, instintivamente actuó a su manera. “Creo que por eso le caí bien”, comentó ella. “Lo desobedecí todo el tiempo”. Aun así, el horario era estricto. Tilley llegaba alrededor de las 7:30 de la mañana, le servían el desayuno y, acto seguido, comenzaba la sesión de pintura. Freud rara vez hacía pausas, por lo que Tilley se sentía “entusiasmada” cada vez que sonaba el teléfono en el estudio, pues eso le brindaba unos instantes para descansar. A veces, se quedaba dormida mientras posaba e incluso soñaba que Freud le había concedido unos minutos de descanso. Se despertaba y se ponía de pie antes de que él pudiera regañarla. Al final, él solía ceder, “así que funcionaba”, dijo ella.
Con frecuencia se la ha calificado como la musa de Freud, un término que Tilley ha llegado a detestar: “Siempre me imagino a una chica etérea, enamorada del artista, aspirando sales aromáticas porque está a punto de desmayarse”. Esa nunca fue Tilley. Los desnudos vulnerables fueron pintados durante la época de auge de la extrema delgadez, definida por modelos como Kate Moss, quien encarnaba la estética del “heroin chic” (heroína chic).
Tilley comentó en una ocasión que odiaba este retrato en particular porque la hacía “verse horrible”. Al pararse de nuevo frente a él años más tarde, ¿siente algo diferente? “Creo que ya me he acostumbrado. Soy como soy”, dijo. “Imagínate si todo el mundo quisiera estar esquelético; sería aburrido, ¿no crees?”. Pero 30 años después, vivimos en la era del Ozempic, donde el objetivo colectivo parece ser precisamente ese. “Tiene que haber todo tipo de formas y tamaños en el mundo para que haya algo que mirar”, afirmó Tilley. “Siempre pienso que sirvo de inspiración para las mujeres con sobrepeso. Se dicen: ‘Bueno, si ella puede desnudarse, yo también puedo’”. Pero, añadió, a Freud le encantaba exagerar. “En realidad no tengo un gran bulto marrón en la parte baja del abdomen; en la vida real, eso no está ahí”. También superponía las imperfecciones. “Si encontraba una mancha, la pintaba; pero luego estas aparecen y desaparecen… Si te salía otra mancha, él también la pintaba, pero sin borrar la anterior”. La obra final resulta ser, en última instancia, en parte ella y en parte ficción. “Es como si fuera otra persona”, dijo. “Y resulta tan familiar, pero a la vez tan ajena”.
Ante la inminente nueva puja por el cuerpo de Tilley, queda por ver si la obra “Sleeping by the Lion’s Carpet” superará las estimaciones y establecerá un nuevo récord para el corpus artístico de Freud; no obstante, la casa de subastas se muestra optimista. “Se trata de una oportunidad verdaderamente única y, sinceramente —con la mano en el corazón—, no sabría decirles cuándo se presentará la próxima”, comentó Barker. “Creo que hay coleccionistas conscientes de ello que, en consecuencia, responderán a la altura”.
Hasta la fecha, los retratos que Freud pintó de Tilley han ido a parar, en su gran mayoría, a colecciones privadas: concretamente a las de Roman Abramovich, el multimillonario propietario del club de fútbol británico Chelsea, y Joe Lewis, el antiguo dueño del Tottenham Hotspur, club que actualmente se encuentra bajo la gestión de un fideicomiso familiar. En esta nueva ronda de subastas, ¿a quién elegiría ella como nuevo custodio de… bueno, de sí misma? “Me gustaría alguien que lo amara de verdad por lo que es, y no por el dinero”, dijo ella. “Simplemente están escondidos en armarios, generando dinero para la gente. Eso es horrible. Al menos, si se pudiera donar a una galería, la gente podría verlo y contemplarlo”.
“Sleeping by the Lion Carpet” (1996) se exhibe de forma gratuita en Sotheby’s, en Londres, a partir del 10 de junio.
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