Una sonda en órbita lunar detecta un nuevo cráter en la Luna, un hallazgo que ocurre “una vez en la vida”
Por CNN
La superficie lunar sufrió un violento encuentro con un cometa o un asteroide, y conserva una enorme cicatriz que lo demuestra.
La roca espacial, cuyo tamaño sería equivalente al de un edificio de entre tres y seis plantas, impactó contra el borde oriental de la Luna hace dos años —entre el 11 de abril y el 22 de mayo de 2024—, aunque los investigadores no lo detectaron en ese momento. El impacto dejó un cráter de 222 metros (728 pies) de ancho, una longitud ligeramente superior a la de dos campos de fútbol. El cráter, descubierto en 2025, alcanza también una profundidad de 43 metros (141 pies), espacio suficiente para albergar tres autobuses escolares apilados uno sobre otro.
Según un estudio publicado este miércoles en la revista Science Advances, los científicos afirman que esta formación lunar representa el cráter reciente más grande hallado en el sistema solar desde que los humanos comenzaron a monitorear estas características.
“Los modelos de formación de cráteres indican que se espera un impacto de esta magnitud en la Luna solo una vez cada 132 años”, escribieron los autores del estudio. “Por lo tanto, este evento constituye una observación estadísticamente rara, algo que ocurre, en la práctica, una vez en la vida”.
Los autores del estudio bautizaron la formación como cráter McGetchin en honor al Dr. Thomas McGetchin, el fallecido científico lunar de la era Apolo que contribuyó a una mayor comprensión de la formación de cráteres por impacto en la Luna.
Antes de este descubrimiento, el mayor cráter de impacto reciente hallado en la Luna tenía un diámetro estimado de 70 metros (230 pies).
A diferencia de la Tierra, la superficie lunar está plagada de cráteres, ya que carece de una atmósfera protectora que la resguarde del bombardeo de rocas espaciales a lo largo de miles de millones de años.
Detectar un nuevo cráter entre la multitud de formaciones existentes parece una tarea tan difícil como encontrar una aguja en un pajar; sin embargo, una sonda de la NASA que lleva más de 17 años orbitando la Luna ayudó a los científicos a localizar el gran punto brillante rodeado por un halo oscuro.
Los científicos han utilizado datos de la sonda Lunar Reconnaissance Orbiter para estudiar el impacto del cráter y el grado de alteración que la colisión provocó en el entorno. Los hallazgos revelan que la Luna —un destino prioritario para la NASA y otras agencias espaciales de cara a una futura exploración humana sostenida— sigue siendo un foco de actividad de impactos que requiere vigilancia, ya que podría representar una amenaza para las personas y la infraestructura que se encuentren en su superficie.
“Me sorprendo casi todos los días cuando llego al trabajo y veo las últimas imágenes de la Luna, incluso después de 17 años de operaciones”, escribió en un correo electrónico Mark Robinson, coautor del estudio e investigador principal de la cámara de la Lunar Reconnaissance Orbiter en la empresa aeroespacial Intuitive Machines, con sede en Texas.
La sonda Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO) ha sido una herramienta fundamental desde su lanzamiento en 2009. Utiliza siete instrumentos para elaborar mapas de la temperatura, la composición superficial, la topografía y la radiación de la Luna. La nave se desplaza en una trayectoria cíclica de polo a polo y cuenta con dos cámaras para captar imágenes a una distancia de 97 kilómetros (60 millas) de la superficie lunar.
Gracias a ello, la sonda ha permitido a los científicos identificar y seguir la pista de al menos 1.000 nuevos cráteres de impacto y otros 100.000 cambios en la superficie, incluidos deslizamientos de tierra e incluso módulos de aterrizaje que se estrellaron contra el suelo lunar.
Pequeñas rocas espaciales, demasiado diminutas para ser vistas a simple vista, son las responsables de muchas de las marcas y cráteres de la Luna. Cerca de 140 nuevos cráteres aparecen cada año en la superficie lunar —algunos de los cuales pueden alcanzar unos nueve metros (30 pies) de diámetro— provocados por rocas espaciales de aproximadamente 109 centímetros (43 pulgadas) de ancho.
Sin embargo, cada cierto tiempo, mientras examinan las detalladas imágenes de la LRO, los científicos buscan formaciones de mayor tamaño comparando los nuevos mapas lunares con versiones anteriores.
Robert Wagner, coautor del estudio y especialista en procesamiento de imágenes de la empresa Intuitive Machines —quien trabaja con los datos de la cámara de la LRO—, detectó el cráter McGetchin el 24 de octubre de 2025. Lo hizo al analizar imágenes superpuestas de la LRO (que combinaban tomas anteriores y posteriores) diseñadas para resaltar cambios superficiales inusualmente oscuros o brillantes.
“Simplemente me detuve, dejé todo lo que estaba haciendo y comencé a investigar qué era ese punto”, dijo Wagner en un comunicado.
El proceso no es sencillo, dado que el software que utilizan los científicos de la LRO marca cualquier cambio relacionado con la iluminación o las sombras. El equipo examina cada detección y evalúa si es real o un falso positivo, señaló Robinson.
Pero McGetchin llamó especialmente la atención de Wagner.
“Fue, con diferencia, el patrón de escombros de impacto más evidente que he visto jamás en una de estas imágenes”, afirmó.
Para confirmar el descubrimiento, el equipo recurrió a imágenes nítidas y en primer plano captadas por la Cámara de Ángulo Estrecho del orbitador, lo que también permitió a los investigadores medir la forma y el tamaño del cráter, así como su impacto en el terreno circundante.
Un equipo de científicos independiente analizó los datos del instrumento térmico Diviner de la LRO, los cuales revelaron una zona de 6,4 kilómetros (4 millas) de ancho alrededor del cráter que registra temperaturas 16 grados Fahrenheit (-8 grados Celsius) más bajas durante la noche en comparación con el resto de la región. Compartieron sus resultados en un segundo artículo publicado este miércoles en la revista Science Advances.
“Observaciones anteriores de Diviner han demostrado que los cráteres de impacto lunar recientes suelen asociarse con ‘puntos fríos’”, escribió en un correo electrónico Tyler Powell, autor principal del estudio, científico planetario e investigador posdoctoral en el Laboratorio de Física Aplicada de la Universidad Johns Hopkins.
“Su gran extensión indica que los impactos pueden modificar la superficie mucho más allá del propio cráter”, dijo Powell. “Tenemos mucha suerte de que se haya formado durante la vida útil de la misión LRO y de que podamos observar la región tanto antes como después del impacto”.
Los científicos creen que los puntos fríos se producen debido a alteraciones en la superficie lunar, “lo que crea una capa más esponjosa y menos capaz de retener el calor durante la noche”, añadió Powell.
El seguimiento de los cambios en la superficie lunar es crucial para determinar con qué frecuencia chocan rocas espaciales contra la Luna y cómo se fragmentan los asteroides al impactar contra un cuerpo rocoso, señaló Robinson.
El estudio de nuevos cráteres también puede aportar información sobre lo que ocurre en el momento del impacto, agregó.
Comprender la frecuencia y la magnitud de tales impactos en la Luna podría ser fundamental para la futura planificación de una base lunar y otras infraestructuras, a medida que el programa Artemis de la NASA trabaja para devolver a los seres humanos a la superficie lunar con fines de exploración a largo plazo.
Los cráteres de impacto también han contribuido a modelar las superficies de los planetas rocosos y las lunas de nuestro sistema solar, afirmó Jeff Andrews-Hanna, profesor del Laboratorio Lunar y Planetario de la Universidad de Arizona. Andrews-Hanna no participó en ninguno de los dos estudios.
“Un impacto de este tipo debería ser poco frecuente en la Luna, pero los sucesos inusuales ocurren. El objeto que formó este cráter pudo haber tenido un tamaño similar al del meteoro de Cheliábinsk que explotó sobre Rusia”, escribió Andrews-Hanna en un correo electrónico, refiriéndose al asteroide que entró en la atmósfera terrestre sobre Cheliábinsk, Rusia, en 2013.
Con un tamaño de entre 17 y 20 metros (unos 55 a 65 pies), el asteroide de Cheliábinsk explotó en el aire, liberando entre 20 y 30 veces más energía que la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima (Japón) y generando un brillo superior al del Sol. Los fragmentos de la roca espacial dañaron más de 7.000 edificios e hirieron a más de 1.000 personas.
“Si algo así lograra atravesar nuestra atmósfera e impactar contra la superficie terrestre, no sería catastrófico, pero sin duda nos llamaría la atención”, afirmó Andrews-Hanna. “Estos sucesos nos recuerdan lo vulnerables que somos y la importancia de catalogar y rastrear los asteroides cercanos a la Tierra que podrían llegar a impactar contra nuestro planeta”.
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