Trump no deja de insultar a su propio candidato en Texas. ¿Por qué?
Análisis de Aaron Blake, CNN
Las esperanzas de los republicanos de mantener su mayoría en el Senado podrían depender del fiscal general de Texas, Ken Paxton, más que de cualquier otra persona.
Y, al parecer, el presidente Donald Trump no puede evitar insultarlo.
En los últimos días, Trump ha defendido repetidamente a Paxton —a quien respaldó por encima de una opción más segura: el senador republicano en ejercicio John Cornyn—. Sin embargo, una y otra vez ha acompañado sus comentarios con una buena dosis de insultos dirigidos a la apariencia, la forma de vestir y la manera de hablar de Paxton. Acto seguido, Trump asegura a su audiencia que Paxton, a pesar de su aspecto, es en realidad un fiscal general fantástico.
Es una situación a la vez extraña y entretenida, al más puro estilo clásico de Trump —de la época anterior, en la política estadounidense pareciera volverse más complicada bajo el peso de guerras polémicas, una polarización partidista más aguda y una creciente violencia política—.
Pero todo esto plantea la pregunta: ¿qué diablos está haciendo Trump? ¿Realmente cree que esto ayuda a su candidato? ¿Hay alguna estrategia detrás de ello?
Todo comenzó el 2 de septiembre, cuando Trump insinuó en al menos tres ocasiones distintas que Paxton era un tanto descuidado en su aspecto:
- “A algunas personas no les gusta cómo se viste”, dijo Trump en un evento de la industria turística en la Casa Blanca, “o no les gusta cómo se comporta en las entrevistas o cómo habla”.
- Más tarde, en un evento en el Jardín de las Rosas con otros republicanos, añadió: “Puede que no te encante su aspecto ni las entrevistas que da en televisión, pero tal vez haya sido el mejor fiscal general del país… Y eso dice mucho más que el traje que lleva puesto, que no le queda muy bien”.
- “Conozco a tipos que impresionan mucho. Todo el mundo dice: ‘Oh, son geniales, son fantásticos, guau’. Pero luego resultan ser pésimos en su trabajo”, comentó Trump en el podcast del vicegobernador de Texas, Dan Patrick. “Esto es, en cierto modo, justo lo contrario (que Paxton), para ser sincero”.
Trump siguió burlándose de Paxton durante las noches sucesivas de la convención republicana de mitad de mandato celebrada esta semana en Dallas.
El miércoles, el presidente dejó claro —por si quedaba alguna duda— que, personalmente, no le convencía mucho la imagen que proyectaba Paxton.
“Puede que a algunos no les guste cómo viste”, dijo Trump antes de soltar una broma: “A mí tampoco”.
Y añadió más adelante: “Puede que no vista bien, que no hable de forma impecable y que no sea el hombre más atractivo que he visto en mi vida. Pero, ¿sabes qué es? Es el mejor fiscal general de Estados Unidos”.
Trump volvió a la carga el jueves por la noche, mientras la cámara enfocaba —de manera algo incómoda— a Paxton, quien permanecía de pie soportando esta nueva humillación.
“Así que no sé si volverá a hablarme alguna vez, pero, ya saben, no me importa siempre y cuando gane”, dijo Trump. “Realmente no me importa”.
Existen varias explicaciones posibles.
Aquí bien podría aplicarse la navaja de Ockham. Trump ha dejado muy claro, a lo largo de su tiempo en el ojo público, que valora enormemente la apariencia personal. Suele elegir a colaboradores y miembros de su gabinete que se desenvuelven bien ante las cámaras o que tienen la imagen adecuada para el puesto.
Paxton, desde luego, no cumple con ese perfil. Basta con ver el breve video que su campaña publicó —por alguna razón— poco antes de que Trump empezara a criticarlo públicamente. Cualesquiera que sean las virtudes de Paxton, es evidente que carece de carisma.
Parece muy posible —y quizá sea la explicación más sencilla— que Trump no logre pasar por alto la mala imagen que proyecta Paxton y que simplemente no tenga filtro al respecto. Se ha adelantado a algunas de sus propias críticas alegando que su equipo le había pedido que no las dijera. Además, no es ningún secreto que Trump, en su faceta de showman, se nutre de la energía de las multitudes; tal vez le resulte imposible resistirse a las reacciones que provocan sus críticas.
Sin embargo, si partimos de la base de que existe una estrategia real, hay razones por las que esto podría tener cierto sentido.
Una de ellas es que Trump intenta centrarse en los puntos débiles de Paxton que resultan, digamos, menos ofensivos.
Se trata de un candidato con un historial repleto de escándalos y problemas, tanto personales como profesionales. Si Trump centra la atención en el aspecto físico de Paxton —en lugar de en sus anteriores acusaciones penales, el proceso de destitución (impeachment) y las denuncias de infidelidad— y logra que la gente piense inconscientemente que su mayor punto débil es simplemente su forma de presentarse, ¿quizás eso resulte beneficioso al final?
Trump también podría estar intentando llamar la atención sobre la supuesta competencia de Paxton. Al fin y al cabo, parte de la cobertura mediática de estos comentarios incluye a Trump calificándolo de gran fiscal general, incluso inigualable. Es probable que muchos medios no hubieran difundido esos elogios por sí solos, pero el hecho de que Trump sugiera que Paxton es un desaliñado hace que sus declaraciones capten más atención.
Tal vez, al repetir esto una y otra vez, Trump intenta que los votantes se centren en lo que realmente debería importar en una campaña de este tipo.
Sin embargo, existe una última motivación potencial que resulta más insidiosa. Quizás Trump esté preparando el terreno para culpar a Paxton de una posible derrota.
Trump es un hombre orgulloso, como es natural. Ya está anticipando culpar a los republicanos del Congreso por una posible pérdida de la Cámara de Representantes y del Senado (aunque las encuestas sugieren abrumadoramente que los mayores problemas del partido son, en gran medida, obra suya).
Si Paxton pierde, sería la primera vez en más de 30 años que el Partido Republicano pierde una elección estatal en Texas. Y dado el papel fundamental que desempeñó Trump para impulsar a Paxton, supondría una gran mancha en el historial político del expresidente. Al fin y al cabo, fue él quien ayudó a Paxton a derrotar a un candidato mucho más convencional y libre de escándalos —Cornyn—, quien probablemente lo habría tenido más fácil en las elecciones generales.
Pero tal vez Trump esté marcando distancias para poder decir más adelante que Paxton hizo una campaña pésima y no supo aprovechar la oportunidad. El expresidente es claramente sensible respecto a los respaldos fallidos y a menudo intenta justificarlos a posteriori culpando al candidato.
Hasta ahora, no hay un veredicto claro sobre cómo están calando las salidas de tono de Trump.
El miércoles, Trump afirmó que las cifras de Paxton se habían disparado desde que él empezó a criticarlo. Sin embargo, no existen pruebas reales de ello. Por lo general, las encuestas muestran una contienda muy reñida, dentro del margen de error, y algunas sitúan al representante estatal demócrata James Talarico ligeramente por delante.
Lo que sí queda bastante claro tras analizar esas encuestas es que Paxton no ha logrado realmente aglutinar a los republicanos en torno a su candidatura tras unas primarias brutales celebradas hace cuatro meses. Así que tal vez Trump decidió que valía la pena intentar algo —cualquier cosa— para darle un pequeño impulso.
Simplemente ha elegido un método muy curioso.
The-CNN-Wire
™ & © 2026 Cable News Network, Inc., a Warner Bros. Discovery Company. All rights reserved.