Para bien o para mal, las “Salas Infinitas” de Yayoi Kusama transformaron el mundo
Por Leah Dolan, CNN
Yayoi Kusama fue una artista que trabajó con numerosos medios —escultura, pintura, arte performático y cine—, pero muchas personas la recordarán por una serie de obras en particular: sus “Salas de Espejos Infinitos”.
La artista, cuya muerte a los 97 años fue anunciada este miércoles, contribuyó a establecer un nuevo tipo de arte inmersivo preparado para la era de Instagram, para bien o para mal. Creó más de 20 variantes de sus cámaras revestidas de espejos, que utilizan luz, escultura y reflejos para generar una especie de infinito celestial de 360 grados. Han recorrido el mundo y alcanzado una enorme popularidad, cambiando para siempre los tipos de exposiciones que se organizan y la manera en que el público interactúa con ellas.
El fenómeno de los “Espejos Infinitos” de Kusama alcanzó su apogeo entre 2012 y 2018, cuando cada instalación atrajo multitudes récord que llevaron a museos y galerías al límite de su capacidad. Los tiempos de espera para la exposición de 2018, “Yayoi Kusama: El momento en movimiento en que fui al universo”, en la galería Victoria Miro de Londres, llegaban a ser de hasta ocho horas, afirmó el presidente de la galería, Glenn Scott Wright, en una entrevista telefónica. En The Broad, en Los Ángeles, cuando en 2015 salieron a la venta las entradas para ver la obra instalada de forma permanente “Sala de Espejos Infinitos—Las almas de millones de años luz de distancia”, el sitio web colapsó y las entradas se agotaron casi al instante.
“Era como conseguir entradas para un concierto”, dijo Sarah Loyer, curadora de The Broad. «Nunca hemos tenido nada parecido”.
Cuando seis de las Salas de Espejos Infinitos de Kusama se exhibieron en el Hirshhorn de Washington, en 2017, —la mayor cantidad jamás mostrada simultáneamente—, la directora de la institución, Melissa Chiu, dijo que la exposición atrajo a 475.000 visitantes, la mayor asistencia del museo en 40 años. Todos los días empezaban a formarse filas que rodeaban la manzana desde las 3 de la mañana e incluso los conductores de Uber de Chiu le preguntaban por “la exposición de las salas de espejos” cuando la dejaban en el trabajo. (Comenzó a llevar consigo pases que podía entregar a quienes se quejaban de no poder reservar una entrada). El equipo del Hirshhorn tuvo que instalar baños temporales en el exterior, en la zona de espera, para atender a las multitudes.
“Durante las 12 semanas de la exposición, nuestra labor fue controlar multitudes más que gestionar el museo”, dijo Chiu en una llamada telefónica.
Kusama se trasladó a Estados Unidos a finales de la década de 1950, primero a Seattle y después a Nueva York, donde fue una artista activa, aunque en gran medida desconocida, durante el movimiento del arte pop. Mientras que sus contemporáneos de la posguerra, Andy Warhol y Donald Judd, eran acogidos por el establishment artístico y conseguían exposiciones en galerías comerciales, Kusama luchó durante años por obtener reconocimiento.
“Era doblemente ‘la otra’”, dijo Scott Wright. “No solo era mujer, sino que además era asiática”.
Kusama, quien había experimentado vívidas alucinaciones desde niña, regresó a Japón en la década de 1970, abatida y deprimida por su falta de éxito en Estados Unidos. Ingresó voluntariamente en un hospital psiquiátrico, donde continuó produciendo arte. La percepción sobre ella cambió lentamente, primero con una retrospectiva en el Centro Internacional de Artes Contemporáneas de Nueva York, en 1989 y, más tarde, en 1993, con la oportunidad de representar a Japón en la Bienal de Venecia.
“No fue algo que sucediera rápidamente”, dijo Scott Wright, el galerista londinense. Recordó su primera experiencia exponiendo la obra de Kusama en 1998. “No vino nadie”, dijo por teléfono. “Quiero decir que nadie vino a la inauguración y muy pocas personas visitaron la exposición. No había ningún interés”. Y entonces llegó Instagram.
A mediados de la década de 2010, las selfies tomadas dentro de las vastas e ilimitadas galaxias de Kusama comenzaron a inundar Instagram con una ubicuidad hipnótica. En 2014, The Guardian la nombró la artista más popular del mundo, basándose en una encuesta sobre la asistencia a museos a nivel global. El Hirshhorn, el primer museo de Norteamérica en presentar “Yayoi Kusama: Infinity Mirrors”, creó una etiqueta para unificar la experiencia de los visitantes durante su paso por otras cinco instituciones. El museo informó que #infinitekusama llegó a 91 millones de cuentas y obtuvo 330 millones de impresiones en Instagram y X.
En cierto momento, “todo influencer tenía que tener una fotografía de sí mismo en una sala de espejos de Kusama en algún lugar del mundo”, dijo Scott Wright, quien afirmó que tenía una lista de espera de 30 museos importantes que querían su propia exposición de Kusama. “Fue sencillamente extraordinario”.
Quedó claro “lo que los visitantes quieren hacer en los museos, que es compartir la experiencia”, dijo Chiu.
La hasta entonces poco conocida artista japonesa, que ya era octogenaria, no podría haber previsto que crearía un acontecimiento mundial en las redes sociales y marcaría el comienzo de una nueva era de arte participativo listo para la cámara. Al fin y al cabo, su primera instalación reflectante, “Infinity Mirror Room—Phalli’s Field”, fue creada en 1965, aunque parezca diseñada expresamente para las selfies con iPhone.
Chiu descubrió que, para muchas personas, visitar los “Espejos Infinitos” de Kusama fue su primera experiencia en un museo de arte moderno. Tiene sentido, entonces, que una oleada de personas quisiera recrear ese encuentro: el de contemplar no solo el arte u otras exhibiciones de museo, sino el de verse absorbidas por ellas.
Tras el apogeo de #infinitekusama llegó una avalancha de “experiums”: fábricas, instalaciones temporales y falsos museos construidos para sacar provecho de un nuevo interés por las experiencias inmersivas, impulsado por los millennials, y del deseo de publicarlas en internet.
El Museo del Helado de Nueva York, con su piscina de bolas de confites y sus plátanos suspendidos, o 29Rooms, con sus elaborados fondos fotográficos similares a escenarios, recrean algunas de las sensaciones superficiales que podría haber provocado un Espejo Infinito: emoción, asombro, novedad, pero sin una tesis artística.
Hoy, nuestro impulso de “experimentar” el arte de una manera que lo abarque todo ha dado lugar a un aluvión de franquicias de arte inmersivo “sin marco”: suaves animaciones de pinturas de Vincent van Gogh o Salvador Dalí proyectadas sobre enormes paredes blancas, que deben mucho a la vertiginosa popularidad de los Espejos Infinitos.
En el punto álgido del frenesí por Kusama, algunos cuestionaron la profundidad intelectual de las experiencias con espejos. La crítica de The New York Times Roberta Smith dijo que no podía decidir si Kusama era “la mejor artista surgida de la década de 1960” o “un poco charlatana”, cuyos Espejos Infinitos atraen a “hordas de buscadores de selfies ajenos a sus esfuerzos sobre el lienzo”. Las salas formaban parte de la exploración continua de Kusama sobre la autoaniquilación y de su ambición, presente a lo largo de toda su carrera, de crear obras que suscitaran una aguda conciencia tanto de la insignificancia individual como del lugar que uno ocupa en el sistema cósmico más amplio.
“Puede resultar realmente desorientador”, dijo Loyer, de The Broad, acerca de entrar en una de ellas. Pero añadió: “Hay algo meditativo que puede suceder en su interior”.
En cuanto a si tomarse una selfie empobrece la experiencia, Loyer nunca lo ha creído. “Todas las Infinity Rooms son obras escultóricas, pero realmente necesitan un público”, dijo. “El cuerpo es necesario para que puedan comprenderse de verdad y tener significado”.
Esa necesidad explica por qué, incluso en los años sesenta, Kusama era fotografiada a menudo dentro de la sala, con su cuerpo, vestido con un leotardo rojo y medias, repetido ad infinitum en todas direcciones.
“Eso fue una parte importante de la manera en que circularon esas imágenes de la obra”, dijo Loyer. “En cierto modo, tomar una fotografía dentro de ellas… forma parte de la experiencia”. El torrente de imágenes casi idénticas compartidas en internet desde todo el mundo, una nebulosa digital que se repite una y otra vez, es “otro infinito en las redes sociales”, añadió. “Tiene una sinergia interesante con el concepto que se explora en la propia obra de arte”.
Tras la muerte de la artista, las publicaciones ya se apresuran a orientar a los admiradores hacia instalaciones permanentes de Infinity Mirror. ¿Nos espera una segunda ola de kusamanía, esta vez con TikTok?
“No creo que el interés haya desaparecido nunca del todo”, afirmó Scott Wright, enumerando exposiciones recientes en la Fondation Beyeler de Suiza, el Museo Ludwig de Alemania y una próxima muestra en el Stedelijk Museum de Amsterdam, en septiembre. “En ese sentido, está en una categoría propia”, coincidió Loyer. “La obra realmente conecta con la gente. Realmente conmueve a la gente”.
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