Ejecutó a presos condenados a muerte. Luego volvieron para atormentarlo
Por Rob Picheta, CNN
Todas las noches, uno de los hombres a los que Ron McAndrew mató se sentaba a los pies de su cama y miraba, inexpresivo, hacia lo más profundo de su alma atormentada.
Sabía que vendrían. Se hacía a un lado entre las sábanas para dejarles espacio. “Nunca decían nada”, recuerda McAndrew, con su voz envejecida cargando el peso del recuerdo. “Simplemente se sentaban ahí y me miraban”. Pero sus ojos hablaban.
Le preguntaban: “¿Cómo pudiste hacer algo así?”, dice McAndrew. “Siempre afirmaste ser una buena persona. Y ahora estás matando gente”.
Han pasado casi tres décadas desde que McAndrew vio cómo la vida se extinguía en los rostros de ocho asesinos convictos, pero cada muerte sigue con él. Recuerda cada parte de la terrible rutina del trabajo: escuchar las últimas palabras de los presos, organizar su última comida y dar la señal silenciosa para matar.
McAndrew fue director de la Prisión Estatal de Florida, el centro donde el estado ejecuta a sus presos condenados a muerte, hasta 1998. Dirigió un equipo que mató a tres presos en la silla eléctrica y luego fue a Texas para ayudar en las ejecuciones por inyección letal de varios hombres más. Llegó a convencerse de que uno de sus presos era inocente. Otra ejecución salió mal y provocó que la cabeza de un preso se incendiara.
Y se arrepiente de todo. “Realmente creía en la pena de muerte”, dice. “No puedo creer que creyera en ella, ahora. Simplemente no puedo creerlo”.
Ahora, a los 88 años, McAndrew se ha convertido en un inesperado opositor a la pena capital. Intenta, con el tiempo que le quede, reparar ocho errores. “Tuve que mirarme a mí mismo”, dice en una reciente y sofocante tarde de Florida. “Realmente empiezas a pensar en lo que has hecho. Por qué lo hiciste”, dice.
Pero su propio estado está actuando en sentido contrario. Desde principios de 2025, Florida ha ejecutado a más personas que cualquier otro estado y a casi tantas como el resto del país en conjunto. El martes, está previsto que el estado lleve a cabo su 16ª ejecución del año: la de Curtis Beasley, de 77 años, quien fue condenado por matar a golpes a una mujer en 1995. Sus abogados han argumentado que Beasley presenta un deterioro de sus capacidades cognitivas que hace que la pena de muerte no sea razonable. La Corte Suprema de Florida rechazó su apelación a principios de esta semana.
La oleada de ejecuciones del estado atormenta a McAndrew. No le gusta la palabra “ejecución”, explica, mientras su tono suave se transforma en furia. “Prefiero llamarlo un asesinato político ceremonial premeditado. Porque eso es lo que es”.
Esta casa se encuentra en una confluencia. Justo debajo de la casa de McAndrew, a una hora en auto al sur de Gainesville, el río Rainbow se une al Withlacoochee, una corriente de agua que nace en un pantano y serpentea por el centro del estado. Lynne, la esposa de Ron, dice que una vez vio a un hombre ahogarse en esas aguas después de que su embarcación se enredara con un árbol sumergido y volcara.
Todos los días, dentro y fuera de casa, la muerte sigue a McAndrew. Piensa un poco en su propia muerte y piensa mucho en las muertes que supervisó. Abogados, grupos de defensa y presos condenados a muerte compiten por el tiempo de McAndrew con la esperanza de obtener información de un exdirector de prisión que terminó oponiéndose a su estado.
Así que sigue reviviéndolo todo. Mientras habla en su sala, las nubes afuera se oscurecen gradualmente, señal de que se acerca una tormenta. El ambiente se vuelve pesado mientras habla. McAndrew tiene un sentido del humor travieso, pero no hay rastro de risa en su voz cuando su mente regresa a la Prisión Estatal de Florida.
McAndrew era un ambicioso funcionario penitenciario estatal cuando se convirtió en director en 1996. Era un cargo con una responsabilidad solemne: todas las ejecuciones de Florida se llevan a cabo allí. “Tenía tantas ganas de ascender”, dice. Los oficiales competían por formar parte de su equipo de ejecución, un grupo de alto perfil cuyo trabajo se realizaba por orden del gobernador.
Y McAndrew, en aquel entonces, estaba dispuesto a hacerlo. Recuerda con facilidad los detalles de cada ejecución. El estado le daba US$ 40 para conseguir una última comida, dice. Cuando hacía falta más, ponía dinero de su propio bolsillo.
La noche anterior hacía de entrenador y reunía a su equipo para darles una charla motivacional. “El café y las donas corren por mi cuenta”, les decía. “Pero les va a costar, porque quiero saber cómo se siente cada uno de los que están aquí”.
Entre algunos oficiales persistía un humor negro que McAndrew detestaba. A la silla eléctrica la apodaban “Old Sparky”, un nombre que McAndrew prohibió. “Nada de lo que estamos haciendo es una broma”, les decía. Puso fin a una tradición —una visita del equipo a un restaurante cercano después de cada ejecución— luego de que habitantes de la zona chocaran las manos con miembros de su equipo.
Cada una de esas fatídicas mañanas, McAndrew visitaba la celda del preso y hacía una señal con la cabeza a sus guardias para que los dejaran a solas. Para entonces, la vida del preso se medía en minutos. La puerta se cerraba con un golpe metálico. McAndrew se sentaba junto al hombre en su cama y comenzaba la última conversación que tendrían.
“Solo estamos tú y yo”, les decía. “¿Hay algo que quieras decir?”.
Descubrió que los hombres tenían muchas cosas en la cabeza. “Hice todo lo posible por ser alguien que les diera consuelo”.
Prometió a cada preso que nunca repetiría lo que habían hablado y ha cumplido esa promesa. Pero cuando le preguntan por su estado de ánimo, McAndrew guarda silencio.
Su mirada se pierde a través de la ventana de su sala, más allá de la terraza, hacia las aguas pantanosas, donde los caimanes acechan bajo la superficie. De repente, está de vuelta en 1997. Sus palabras siguen fluyendo, pero su rostro se ensombrece.
“Lágrimas”, dice finalmente. “Ansiedad. Golpeteo rápido de los pies. Sorpresa”.
Finalmente, McAndrew les quitaba los zapatos a los presos esposados: un último momento de intimidad antes de un ritual clínico.
Luego los dejaba solos.
En la cámara de ejecución de Florida, todos sabían cuál era su trabajo. Lo primero era lanzar al preso contra la silla. “Al hacerlo de una manera tan brutal”, explica McAndrew, “se crea un shock en esa persona que, de hecho, la calma. Por un momento”.
Mientras el preso se recuperaba del golpe, el equipo lo sujetaba a la silla con correas. McAndrew era responsable del tobillo derecho. Ocho años antes, el asesino serial Ted Bundy había sido ejecutado allí. Los guardias todavía hablaban de cuánto se había resistido.
“Decían que tenía la fuerza de una docena de hombres”, dice McAndrew.
El resto de la rutina se desarrollaba con una eficiencia sombría. McAndrew colocaba un micrófono frente al rostro del preso y le pedía sus últimas palabras. Mientras tanto, 26 testigos —“jueces, abogados, ciudadanos, curiosos, imbéciles sedientos de sangre”, los llama— observaban y tomaban notas.
Una máscara de cuero era ajustada al rostro del hombre “con tanta fuerza que automáticamente le rompe la nariz”, dice McAndrew. La sangre salía por debajo de la máscara cada vez, recuerda. “Pero no podían gritar”.
Entonces el gobernador llamaba para decirle a McAndrew: “No hay suspensiones, no hay suspensiones”.
Y entonces comenzaba una macabra puesta en escena. McAndrew hacía una señal sutil e imperceptible a un hombre vestido con túnica negra y capucha, oculto detrás de una pared parcial. El hombre era el verdugo, contratado por McAndrew por US$ 150 cada vez. Su identidad era desconocida incluso para el personal de la prisión. Era un lenguaje secreto con un único significado. La señal quería decir: “Tira de la palanca”.
McAndrew habla en voz baja estos días, y sus palabras se desvanecen en el aire de vez en cuando. Antes solía salir en su bote por esas aguas, pero hoy su vida transcurre de manera lenta y deliberada. Pasa mucho tiempo pensando en todo: sopesando las buenas y las malas acciones como cuentas en un ábaco.
Ha vivido muchas vidas. La primera comenzó en Carolina del Norte en 1938, donde la Gran Depresión y la guerra marcaron los contornos de su infancia.
A veces, por la radio, llegaban hasta su remoto rincón rural noticias de una ejecución en Raleigh. “Es tal como dice la Biblia”, explicaba su abuelo, un pastor metodista que crio a McAndrew. “Ojo por ojo y diente por diente”.
“Eso lo llevas contigo hasta la edad adulta”, dice McAndrew. “Es parte de tu personalidad. No desaparece así como así”.
Lo acompañó durante las siguientes e improbables etapas de su vida: dos años en la Fuerza Aérea, cuatro matrimonios y una década vendiendo perfumes en el extranjero. En la década de 1970, después de perder su trabajo en ventas, McAndrew se enteró por un amigo de que una prisión en Florida necesitaba desesperadamente trabajadores. Se rio: “¿Crees que yo trabajaría en una prisión?”.
Con el tiempo, trabajó en varias prisiones. El oficial McAndrew se convirtió en el sargento McAndrew, luego en el teniente McAndrew y después en el mayor McAndrew. Finalmente, le pidieron que se convirtiera en director de la Prisión Estatal cerca de Starke, una localidad dividida en dos por una vía ferroviaria y cuya prosperidad se mantenía gracias a los funcionarios penitenciarios.
Pero primero le preguntaron a McAndrew si tendría algún problema en enviar a presos a la muerte. “No, señor”, respondió. “Ojo por ojo y diente por diente”.
Las cosas pronto cambiaron. “Sabía que algo estaba pasando dentro de mí”, dice. Se obsesionaba con la vida de los presos y se llevaba a casa los expedientes de los casos. Empezó a preocuparse cada vez más por un preso condenado a muerte, Leo Jones, declarado culpable de matar a tiros a un policía en Jacksonville. Jones sostuvo que era inocente y dijo que su confesión había sido obtenida bajo coacción. “Esta investigación fue una m*erda”, dice McAndrew.
Se lo dijo a su jefe, cuya respuesta, según McAndrew, fue: “Ron, mantente alejado de una p*ta vez de esos expedientes. Ese no es tu trabajo”. Jones fue ejecutado en 1998.
Durante esa época, McAndrew apenas dormía. Cuando lo hacía, aparecían las visiones: los presos condenados, vivos de nuevo en su mente, se sentaban en silencio sobre su colchón.
Mientras habla, sus manos, deformadas por los años, se aferran a los costados de su silla de ruedas motorizada de US$ 7.000. Esto crea un inquietante paralelismo con los presos de Florida: su cuerpo se mueve y se sacude mientras describe los últimos movimientos de ellos, sus inútiles intentos por resistirse a la descarga mortal.
Para cuando llegó su tercera ejecución, McAndrew bebía mucho todas las noches para adormecer el dolor. Contempló suicidarse. Hace un gesto hacia su esposa, Lynne: si no hubiera sido por ella, dice, lo habría hecho.
Y entonces, en marzo de 1997, un preso condenado a muerte llamado Pedro Medina fue sujetado a la silla.
“Todavía soy inocente”, exclamó Medina frente al micrófono. El preso, condenado por un apuñalamiento en Orlando, siempre había insistido en que no había cometido el crimen. Pero esas palabras, un frenético epílogo de la vida de Medina, ya no significaban nada. La máscara cubrió su rostro y McAndrew dio la señal.
“Primero hubo un estallido”, dice. Y luego surgió una enorme llamarada, recuerda McAndrew. De repente, la cabeza de Medina estaba en llamas y la cámara se llenó de humo negro.
El electricista miró a McAndrew. “¿Continuamos?”, preguntó. “En ese momento no podía detenerlo”, dice con gravedad. “Dije: ‘Sí’. Continúen”. En una vida llena de arrepentimientos, McAndrew lamenta esa palabra más que ninguna otra.
El olor a carne humana era pútrido y nunca se iría de su ropa. McAndrew ordenó a su equipo que abriera las ventanas. El olor salió al exterior y subió hasta un bloque de celdas. “Todos los demás presos condenados a muerte podían oler cómo Pedro Medina moría quemado”, dice.
Una autopsia determinó posteriormente que Medina murió sin dolor, pero McAndrew rechaza esa conclusión en términos gráficos. “Se le desprendían pedazos de la cabeza”, dice. “Literalmente lo quemamos hasta matarlo”.
Ese fue el peor día de la vida de McAndrew. Durante horas caminó de un lado a otro por su oficina mientras los canales nacionales de noticias informaban sobre la naturaleza macabra de la muerte. Recibió llamadas desesperadas de su esposa.
“Es difícil sacarse de la cabeza todo el proceso”, dice. Pasó años intentándolo, primero con alcohol y luego con terapia. Pero “ahora, a mi edad, no quiero sacármelo de la cabeza”, dice. “Quiero recordarlo”.
“Alguien me puso en esta posición a propósito porque yo necesitaba estar aquí”, dice. “Nunca ha habido un director de prisión en el estado de Florida que haya viajado por todo el mundo para hablar en contra de la pena de muerte”.
“Si alguien se queda frente a mí el tiempo suficiente para escuchar mi historia, se la voy a contar”.
La historia de McAndrew no terminó ese día, pero tomó un rumbo diferente. La ejecución de Medina anticipó el fin de la electrocución en Florida. Un gobernador enfurecido lo envió temporalmente a Texas en una misión para recabar información, donde observó de cerca un método novedoso que utilizaba el estado: la inyección letal.
Ese método es ahora el método de ejecución predeterminado en la mayoría de los estados de EE.UU., incluido Florida. Fue adoptado, dicen sus defensores, porque es una forma más humana de acabar con una vida. “No tenía nada de humano”, dice McAndrew. Formó parte del equipo de Texas que mató a cinco hombres con el fármaco, dice. “Si fuera humano, no necesitarían ocho correas para sujetar a alguien”.
Para cuando McAndrew se jubiló en 2002, era un hombre destrozado. Pasó unos meses sumido en sus remordimientos.
“Ojalá nunca hubiera ido a la Prisión Estatal de Florida”, dice. “Ojalá nunca me hubiera metido en ese negocio sucio”.
Luego se puso a trabajar para intentar deshacer todo el daño que había hecho.
Ha viajado por Estados Unidos para hablar en contra de la pena de muerte y ha dedicado años a aportar su experiencia para ayudar en las apelaciones judiciales de presos. “He tenido bastante éxito ayudando a presos a salir del corredor de la muerte”, dice con un orgullo ausente en la mayoría de sus otros recuerdos.
En un momento de nuestra conversación, le pidió a su esposa que buscara una carta que había recibido el día anterior. Provenía de un preso condenado a muerte en Florida. Hay nuevas pruebas en su caso que podrían exonerarlo, escribió el preso con letra irregular. ¿Podría McAndrew aportar un testimonio para respaldar su apelación?
McAndrew ha forjado relaciones improbables: es el único republicano octogenario en la mayoría de los eventos contra la pena de muerte a los que asiste.
A los 88 años, no sabe cuánto tiempo más podrá seguir haciendo este trabajo. Pero, desde su perspectiva, nunca ha sido más importante.
Su país se está volviendo gradualmente en contra de la pena de muerte. Encuestas recientes de Gallup indican que el 52 % de los estadounidenses ahora está a favor, frente al 60 % de hace una década y el 71 % de cuando McAndrew era director de prisión.
Y hay señales de que su uso está disminuyendo. En 49 estados, los fiscales solicitan la pena de muerte con menos frecuencia y las prisiones la llevan a cabo con menos frecuencia que hace varias décadas.
Pero Florida se resiste a esa tendencia. Entre 2020 y 2024, el estado mató a siete personas. Luego, en 2025, ejecutó a 19 presos. Este año podría igualar esa cifra.
“Me avergüenza ese hecho”, dice McAndrew.
McAndrew dice que ha escrito varias veces a la oficina del gobernador Ron DeSantis, suplicándole que deje de firmar órdenes de ejecución. Dice que no ha recibido respuesta. Alex Lanfranconi, director de Comunicaciones de DeSantis, dijo a CNN en un comunicado: “Mi consejo para quienes buscan evitar la pena de muerte en Florida sería que no asesinen a personas”.
Las noticias sobre las ejecuciones siguen llegando hasta McAndrew, tal como ocurría cuando tenía seis años. Así que su trabajo continúa. “Todavía no he terminado”, insiste.
Y cuando llegue el momento de su propia muerte, suena como un hombre que está preparado. McAndrew es católico y dice que cree en la vida después de la muerte.
Mientras nuestra conversación llega a su fin, el cielo sobre su casa finalmente se abre y estalla una tormenta eléctrica. McAndrew levanta las cejas hacia el cielo tormentoso. “Hay mucha gente esperándome allá”, dice.
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