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Trump necesita a China para su guerra económica contra Irán. Convencer a Xi Jinping será difícil

Análisis por Simone McCarthy, CNN

Cuando el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, presentó la “Operación Marginado Económico”, amenazando con nuevas y perjudiciales sanciones a los países que se negaran a dejar de hacer negocios con Irán, no mencionó al único país que podría decidir su éxito o fracaso: China.

La segunda economía más grande del mundo ha sido durante mucho tiempo un salvavidas económico fundamental para Teherán, comprando la gran mayoría de sus exportaciones de petróleo, valoradas en decenas de miles de millones de dólares el año pasado, además de otros productos comerciales.

Sin embargo, lograr que se sume al último esfuerzo de la Casa Blanca para someter al Gobierno iraní, que se muestra obstinadamente desafiante tras casi seis meses de guerra, es una tarea extremadamente difícil.

Beijing rechaza categóricamente lo que denomina sanciones estadounidenses “unilaterales” y ha defendido durante mucho tiempo su derecho a mantener un comercio regular con socios como Irán y Rusia. Asimismo, considera que Washington sería reacio a desencadenar una confrontación económica más amplia que perjudicaría a ambos países, justo antes de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos.

El martes, tras la rueda de prensa de Bessent, el Ministerio de Asuntos Exteriores de China prometió “tomar todas las medidas necesarias” para salvaguardar sus “derechos e intereses legítimos” ante las amenazas de sanciones estadounidenses.

“La guerra económica y la máxima presión no ayudarán a resolver el problema; solo intensificarán aún más las tensiones y los conflictos, crearán riesgos de contagio y perturbarán el orden económico y financiero mundial”, dijo el portavoz del ministerio, Lin Jian.

La amenaza de Bessent se produce además antes de la muy esperada visita del líder chino Xi Jinping a Estados Unidos el próximo mes, donde ambas partes podrían avanzar en la extensión de una tregua comercial crucial que expira a finales de este otoño.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró anteriormente que no le pidió a Xi “ningún favor” con respecto a Irán durante la reunión que mantuvieron en mayo; una afirmación que, de ser cierta, probablemente interpretará en Beijing como una señal de la desesperación estadounidense por poner fin al conflicto.

Lo que queda ahora es un cálculo cuidadoso por parte de ambos países sobre cómo afrontar lo que Bessent ha dicho que será un período de “diplomacia discreta”, o bien, emitir ultimátums en privado a los socios económicos de Irán, a los que el secretario del Tesoro no mencionó específicamente durante su conferencia de prensa.

Analistas chinos sugieren que las exigencias de Washington tienen poco margen de maniobra. “Es improbable que China acepte una situación en la que Washington determine con qué pueden comerciar legalmente las empresas chinas con terceros países”, afirmó Zhao Long, director del Instituto de Estudios Estratégicos y de Seguridad Internacionales de los Institutos de Estudios Internacionales de Shanghái.

“Eso sentaría un precedente que permitiría a Estados Unidos establecer sanciones secundarias que, en la práctica, pueden determinar las relaciones comerciales de China con terceros países.”

China importa petróleo iraní mediante un sistema opaco que, por diseño, está aislado del sistema del dólar estadounidense y de las sanciones.

Las refinerías privadas, conocidas como refinerías de barrio, compran y procesan crudo iraní sancionado por Estados Unidos, apoyándose en una red de puertos, instituciones financieras y buques cisterna que, a menudo, también están aislados de la exposición internacional. China no ha registrado oficialmente estas compras en años, desde que Estados Unidos reimpuso las sanciones a Irán cuando la primera administración Trump se retiró del acuerdo nuclear iraní de la era Obama.

Pero, según los analistas, sí existen puntos de presión.

“Si se analiza la estructura de propiedad de estas entidades, se observa que muchas están en manos, directa o indirectamente, de importantes empresas estatales chinas que están fuertemente integradas en el sistema del dólar estadounidense”, afirmó Max Meizlish, analista sénior de investigación del centro de estudios Foundation for Defense of Democracies en Washington.

“Al sancionar a sus filiales, Estados Unidos puede presionar a las empresas matrices para que se desinviertan, bajo el riesgo de ser consideradas como proveedoras de apoyo directo o indirecto a las entidades sancionadas”, afirmó.

A principios de este año, Bessent declaró que Washington había enviado advertencias a dos bancos chinos, cuyos nombres no reveló, sobre su participación en transacciones vinculadas a Irán. Cuando se le preguntó el lunes, durante su rueda de prensa, qué medidas tomaría Estados Unidos contra los bancos y las empresas navieras chinas que incumplieran la normativa, respondió que “nadie está exento” de las sanciones estadounidenses.

A pesar de su retórica beligerante, Beijing ya ha visto cómo Estados Unidos amenazaba con imponer sanciones generalizadas para luego retractarse. Además, sabe que Washington es plenamente consciente de la importante influencia económica que China ejerce sobre Estados Unidos, especialmente en lo que respecta a su control sobre el suministro mundial de tierras raras, un recurso estratégico fundamental.

“Si Washington cruzara ese umbral (de sancionar a los principales bancos chinos), Beijing casi con toda seguridad respondería, y el ambiente político para una cumbre (entre Trump y Xi) se deterioraría drásticamente”, dijo Sun Chenghao, investigador principal del Centro de Seguridad y Estrategia Internacional de la Universidad de Tsinghua en Beijing.

Según él, tal medida no necesariamente cancelaría la reunión, pero sí “desplazaría la cumbre de la estabilización al control de daños”.

Ambas partes sopesarán el impacto de una escalada en esa cumbre, que se espera sea la primera visita de Estado de Xi a Estados Unidos en 11 años.

Si bien Beijing no querrá dar la impresión de estar cooperando con un régimen de sanciones al que se opone, existen maniobras cuidadosas que podría emprender, como reducir discretamente las compras de petróleo o elevar el nivel de su mensaje político a Teherán y realizar esfuerzos para fomentar la moderación.

Las compras chinas de petróleo iraní ya han disminuido drásticamente en comparación con el año pasado, debido a que el bloqueo estadounidense ha restringido las exportaciones de crudo iraní.

En las últimas semanas, analistas chinos también han sugerido que existen puntos en común entre los intereses de Washington y Beijing, especialmente en lo que respecta a la restauración de los flujos comerciales en el estrecho de Ormuz, que se ha visto afectado por el conflicto, y al restablecimiento de una estabilidad regional más amplia, que también favorece el comercio.

En los últimos días, Beijing ha reiterado su mensaje instando a la moderación y al normal desarrollo de las operaciones en torno al estrecho.

En una declaración conjunta tras una reunión con el rey jordano Abdalá II en Beijing el lunes, Xi pidió el restablecimiento del “paso normal” a través del estrecho y una “solución integral” al conflicto.

La viceministra de Asuntos Exteriores de China, Miao Deyu, declaró la semana pasada, durante una reunión con funcionarios iraníes en Beijing, que China está “activamente comprometida con la promoción de las conversaciones de paz”.

Aun así, Beijing se ha mostrado reticente a desempeñar un papel de mediador directo en el conflicto, prefiriendo una posición en la que protege sus propios intereses económicos y realza su imagen de potencia estable que apoya la paz regional, en contraste con las vacilaciones de Washington.

Cualquier cooperación con Estados Unidos para restablecer la paz regional “no debería reducirse a ‘hacerle un favor a Trump’”, dijo Zhao en Shanghái.

“Beijing está dispuesto a contribuir a poner fin a la crisis, pero no está dispuesto a convertirse en un instrumento de la estrategia de máxima presión de Washington.”

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