Los dioses también lloran: otra razón de por qué amamos a Messi
Por Federico Leiva, CNN en Español
Escribir estas palabras y esquivar las lágrimas resulta casi imposible. De mínima, se nos empañan los ojos y nos obliga a abrirle las ventanas a un invierno austral que, de pronto, se siente demasiado frío, solo para aclarar la vista y no errarle al teclado. Y es que cada tecla parece de plomo, o, mejor dicho, un clavo en el ataúd de la ilusión a la que todos los argentinos nos habíamos sumado después de los milagros de esta selección Argentina, nuevamente finalista de un Mundial.
Y, quizás, llorar sea lo más acertado. Lloró Scaloni, quien se mantuvo entero para unas preguntas de la prensa antes de derrumbarse y ahogar las palabras en gotas. Y también lloró él, Messi, el capitán de los milagros, el abanderado de la Argentina campeona de todo entre 2021 y 2024. ¿Entonces, cómo no vamos a llorar?
Nosotros, los hinchas, lloramos con él y, sobre todo, por él. Después de todo, como dice la canción que repetimos hasta el hartazgo en el último mes, esta Copa del Mundo era “la última de Leo”. Y estuvo cerca, muy cerca.
Messi llegó a esta copa con 38 años en sus espaldas (ya cumplió 39), jugando en una liga de menor nivel como la MLS y envuelto en dudas que él mismo generó: jugaría el Mundial si se sentía útil. Después de todo, hace un año pidió el cambio en una derrota parcial ante Colombia por Eliminatorias porque él mismo sintió que el equipo tenía más chances con un jugador de recambio. Incluso la Albiceleste ganó la Copa América 2024 después de que él tuviera que ser reemplazado por una lesión.
Pero Messi fue Messi. Otra vez. Pasamos a ser una selección más “messidependiente” que antes. Llegamos con la ilusión en el recambio, pero nos terminamos abrazando más fuerte a esa zurda destinada a la grandeza deportiva.
Messi llegó a Norteamérica y le hizo los tres goles a Argelia, los dos a Austria y entró para liquidar la historia ante Jordania en la fase de grupos. Abrió el camino ante Cabo Verde y nos devolvió la ilusión con Egipto, probando que incluso en una mala noche podía marcar la diferencia igual. ¿Ustedes vieron el festejo de ese gol? Nunca Messi celebró así un gol que fuera un empate. Lo gritó como alguien que sabía que minutos después llegaría el del triunfo (y así fue).
¿Entonces, cómo no vamos a llorar? Si lo vimos ilusionarse como ninguno. Lo escuchamos cantar a pulmón el himno ante los silbidos ingleses y regalar una asistencia de derecha (repito, ¡de derecha!) para que Lautaro Martínez devuelva a Argentina a una final mundialista.
¿En serio no podemos llorar?
Lloremos, porque Messi lo mereció como nadie y lo perdió como uno más del equipo. Se bancó la derrota siendo el mejor jugador de la historia, se levantó del suelo solo para felicitar a Lamine Yamal y volvió por última vez a acariciar el césped de un Mundial. Después, se puso de cara a la gente y ahí se permitió llorar también.
Esas lágrimas finales, con la medalla de plata colgada al cuello, son una muestra más de por qué amamos a este fenómeno. Porque abrazó la derrota y la sintió como ninguno. No se escondió. Fue y lloró con la gente ante cada ovación.
Se había quedado sin piernas en la final, sin trucos bajo la manga, pero, cuando el cuerpo no podía más, sacó el corazón, sabiendo que era su última oportunidad. Y, aun así, el corazón de campeón no alcanzó. Por eso lloramos. No por la derrota en sí. De hecho, la final de 2014 no nos dolió tanto. Esta sí. Y es que ese héroe que nos llevó a tres finales en cuatro Copas del Mundo, se quedó sin su última noche de magia.
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