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Un día al borde del abismo en la guerra con Irán terminó con otro momento TACO de Trump y graves cuestiones constitucionales

Análisis por Stephen Collinson, CNN

El día comenzó con la advertencia de Donald Trump de que “toda una civilización” de 90 millones de iraníes podría morir.

Todo terminó con el mundo —tras horas de tensión, pendiente con temor de cada uno de sus arrebatos— tratando de comprender su marcha atrás.

Una consecuencia extraordinaria de la guerra de 40 días es la dificultad para evaluar la credibilidad relativa de las declaraciones, no solo de los brutales gobernantes de Irán, sino también, en ocasiones, del presidente de Estados Unidos.

La niebla de la incertidumbre volvió a descender el martes, unos 80 minutos antes del plazo de Trump para destruir todos los puentes y centrales eléctricas iraníes, cuando se atribuyó una victoria en Truth Social y pospuso una nueva escalada.

“¡Un alto el fuego bilateral!”, proclamó Trump, añadiendo que, a cambio de su tregua de dos semanas en los bombardeos, Irán accedió a la “apertura completa, inmediata y segura del estrecho de Ormuz”.

Si cientos de petroleros varados logran salir pronto del Golfo Pérsico, se podría evitar un daño catastrófico a la economía mundial, un problema que ya ha contribuido a la caída de la popularidad de Trump.

Los futuros de las acciones subieron inmediatamente tras la noticia esperanzadora. “Es un honor que este problema a largo plazo esté cerca de resolverse”, escribió Trump.

Los iraníes no lo ven así. En un plan de 10 puntos descrito por el Consejo Supremo de Seguridad Nacional del país, Teherán exigió el derecho a coordinar todo el tráfico a través del estrecho para asegurar una “posición económica y geopolítica única” sobre un punto estratégico para el transporte de petróleo.

El ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, dejó claro que Irán no cederá en su postura ni siquiera durante el alto el fuego de dos semanas.

“Durante dos semanas, será posible el paso seguro por el estrecho de Ormuz mediante la coordinación con las Fuerzas Armadas iraníes y teniendo en cuenta las limitaciones técnicas”, escribió en X.

Mientras tanto, la agencia de noticias semioficial iraní Tasnim informó que Irán y Omán planean cobrar tasas de tránsito a los barcos que atraviesen el estrecho durante el alto el fuego.

Trump calificó de fraude el comunicado del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y atacó a CNN por publicarlo.

Será Pakistán, que negoció un acuerdo para que Estados Unidos e Irán entablaran conversaciones a partir del viernes, quien deberá aclarar esta situación, si es que el acuerdo se mantiene vigente.

El Gobierno de Islamabad, que ha utilizado astutamente sus alianzas con Teherán y Washington, debe encontrar soluciones que ni Trump ni Irán hayan podido encontrar por sí mismos.

Incluso la posibilidad de salvar muchas vidas —las de iraníes, militares estadounidenses y civiles atrapados en el fuego cruzado en todo Medio Oriente — es una bendición. La perspectiva de que se puedan mitigar las graves consecuencias globales de la guerra también aliviará la desolación de seis semanas alarmantes.

Pero los primeros detalles de la diplomacia que se conocieron el martes dan motivos para el pesimismo.

Cualquier resultado, temporal o permanente, que otorgara a Irán el control del estrecho significaría que la consecuencia más duradera de la guerra de Trump sería una herramienta que podría utilizar para mantener a la economía global como rehén en cualquier momento.

Si bien Estados Unidos e Israel afirman, probablemente con razón, que sus ataques conjuntos han destruido la mayor parte de los programas de misiles y las fuerzas militares de Irán, terminar la guerra con el control iraní del estrecho sería un desastre estratégico y una derrota para Trump.

Todavía es pronto para saber si el temible ataque aéreo conjunto ha debilitado el control del régimen clerical iraní o si simplemente ha entregado el poder a líderes más despiadados.

Como siempre ocurre con Trump, las reacciones al acuerdo de alto el fuego del martes estuvieron condicionadas por las emociones altamente intensas y polarizadas que él inspira.

Algunos críticos ridiculizaron otro momento al estilo TACO (“Trump siempre se acobarda”).

A primera vista, la decisión del presidente es solo otra muestra de su postura maximalista, para luego retractarse, borrando así sus líneas rojas y sembrando dudas sobre su credibilidad.

Si Irán logra controlar el acceso al estrecho durante el alto el fuego de dos semanas, se reforzará la percepción de que Trump no tiene buenas opciones en una guerra que se le ha escapado de las manos y que anhela terminar.

Sin embargo, los seguidores de Trump le atribuirán al presidente otra victoria gracias a las tácticas de negociación sin escrúpulos propias de un magnate inmobiliario.

Los medios conservadores no tardaron en aprovechar la ocasión para presentar un triunfo trumpiano. La implicación es que las amenazas poco ortodoxas de Trump obligaron a Irán a sentarse a la mesa de negociaciones.

Pero las repercusiones de un día aterrador el martes fueron más allá de los detalles cruciales sobre quién controlará el estrecho, que estaba abierto a la libre navegación antes de la guerra.

Por un lado, Trump estaba en su salsa. Era el protagonista clave en una tormenta que él mismo había provocado, haciendo girar el planeta sobre su propio eje.

“Solo el Presidente sabe cuál es la situación y qué hará”, declaró la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, mientras las horas transcurrían lentamente en una cuenta regresiva hacia la catástrofe.

Sin embargo, la escalofriante amenaza de Trump, transmitida a través de las redes sociales, de que “toda una civilización morirá esta noche para no volver jamás”, cruzó una línea que ningún presidente estadounidense se había atrevido a cruzar.

Su aclaración de que “no quiero que eso suceda, pero probablemente sucederá” no logró calmar los ánimos.

El comentario, que al principio parecía casi inverosímil, planteó las cuestiones más acuciantes hasta el momento sobre el temperamento y el juicio de Trump, de 79 años. Podría haber reflejado simplemente la frustración del presidente por la guerra, uno de esos reflejos que, según sus partidarios, deben tomarse en serio, pero no al pie de la letra.

Pero las palabras de los presidentes importan. Incluso especular públicamente sobre el asesinato masivo de civiles es peligroso e inapropiado.

La amenaza planteó una pregunta implícita para quienes rodean a Trump y al país: ¿Es esta una conducta aceptable para el comandante en jefe de la superpotencia más letal del mundo?

A pesar de su decisión de no llevar a cabo la escalada, sus palabras sugieren que el presidente ha traspasado límites morales y de comportamiento jamás alcanzados por sus predecesores modernos.

Subrayan cómo Estados Unidos, considerado durante décadas un pilar de estabilidad, es ahora —personificado por su presidente— la fuerza más volátil del mundo.

La amenaza de Trump a Irán causó conmoción en todo el espectro político, provocando la condena de personalidades del movimiento MAGA y las exigencias de los demócratas para que se invocara la 25ª Enmienda para destituirlo de su cargo.

Incluso algunos republicanos se opusieron. “Este tipo de retórica es una afrenta a los ideales que nuestra nación ha buscado defender y promover en todo el mundo durante casi 250 años”, escribió la senadora Lisa Murkowski, republicana de Alaska, en X.

Y el senador republicano de Wisconsin, Ron Johnson, normalmente un firme partidario de Trump, declaró que el presidente lo perdería si atacaba objetivos civiles en Irán.

El senador Jack Reed, el principal demócrata de la Comisión de Servicios Armados del Senado, advirtió en un comunicado que Trump se había “vuelto tan fanático como los líderes del régimen en Teherán”.

El día en que Trump estuvo al borde del abismo también planteó serias cuestiones constitucionales, ejemplificadas por la declaración de Leavitt de que “solo el presidente sabe… lo que hará”.

Así no es como debería funcionar el sistema estadounidense de controles y equilibrios y poder dividido.

Durante muchas horas, se creyó, con razón, que un presidente que se cree con autoridad ilimitada estaba a punto de matar a millones de civiles extranjeros en una guerra para la que no solicitó autorización al Congreso; una guerra plagada de justificaciones vagas y contradictorias; y para la que no tiene una estrategia de salida aparente.

En los años venideros, la presión ejercida por Trump en Irán podría considerarse una advertencia sobre lo que sucede cuando un presidente nombra un gabinete dócil y cuando un Congreso de partido único abdica de sus deberes de supervisión.

Una jornada traumática puso de manifiesto los peligros inherentes al estilo de liderazgo errático y poco ortodoxo del presidente.

Su tendencia a personalizar cada conflicto, a sobrevalorar el prestigio estratégico de Estados Unidos y a adoptar posturas extremas ha empujado la última crisis a un peligroso precipicio.

Su decisión de dar un paso atrás —si bien bienvenida, al evitar una tragedia humana mayor— dejó a Estados Unidos y a sus aliados mundiales que dependen de un flujo ininterrumpido de petróleo a través del estrecho de Ormuz en una situación potencialmente peor.

Es posible que Trump también haya reforzado la impresión entre sus adversarios de que siempre dará marcha atrás y que sus graves amenazas no son serias.

Pero un día, podría enfrentarse a un enemigo con la capacidad de causar un daño mucho más inmediato a Estados Unidos. En tal escenario, las escaladas imprudentes y las señales contradictorias podrían resultar catastróficas.

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