El barrio mexicano también suena en Estados Unidos: la cultura de los sonideros cruza la frontera
Por Karen Esquivel, CNN en Español
Luces de colores destellan sobre la pista mientras la cumbia sonidera marca el ritmo: bocinas repartidas por todo el lugar, personas que se mueven al unísono y, por encima de la canción, la voz de un hombre envía saludos, repite lo que dice la música o dedica el tema. En una tocada sonidera en Estados Unidos, todo sucede a la vez: música, comunidad y narración. Es el barrio dentro de un salón.
Lo que nació en colonias populares de Ciudad de México en la década de 1940 hoy se abre paso al norte de la frontera como un movimiento cultural que acompaña a la comunidad inmigrante. Entre cables, consolas y torres de sonido, los sonideros preservan la fiesta de los barrios y mantienen viva la herencia de la música caribeña que los alimenta: cumbia, salsa y sus variantes, ahora amplificadas en ciudades estadounidenses donde la identidad también se baila.
Arnulfo Aguilar Vázquez —de 65 años— acumula 45 años con su sonido Condor que nació en Ciudad de México y se ha expandido a ciudades como Detroit, Michigan; Lake City, Florida; San Francisco, California; Mesa, Arizona, entre otras. Fue en la década de 1990 cuando decidió llevar su música y su voz al otro lado de la frontera impulsado por los sentimientos de muchos compatriotas que migraron al país vecino.
“Nos dimos cuenta de que había miles de mexicanos en Estados Unidos, mexicanos que padecen muchas cosas, sobre todo de nostalgia, de tristeza y en ese entonces, cuando no había la tecnología que hay ahora, se comunicaban con nosotros. Entonces supimos que había que dedicarles un espacio en nuestras presentaciones y le mandábamos un saludo a personas en Utah, Los Ángeles, Dallas”, dice a CNN.
Aguilar detalla que con la llegada de la tecnología comenzaron a grabar sus presentaciones en casetes y hubo personas que le pedían que se los enviaran a Estados Unidos.
“En una de mis grabaciones yo dije: ‘Próximamente sonido Condor estará en Los Ángeles, California’, y empecé a tener comunicación con quienes me preguntaban por qué no iba a Dallas, Nueva York, Houston. Yo empecé a sacar estadísticas de dónde había más mexicanos, hasta que un día una persona se presentó y me dijo ‘estoy interesado en tu presentación aquí en Los Ángeles’, así se hizo realidad todo”, agrega Aguilar.
Los sonideros —un espacio donde las grandes bocinas, consolas y la cadencia de la cumbia, los timbales, las congas y el acordeón retumban en las esquinas y en el que el baile incesante es la única regla— envían saludos a quienes los piden, dedican las canciones a su gente y sus barrios y la cumbia es la reina del momento.
Cada sonido posee su propio estilo, equipo y marca personal, algunos se apegan a los clásicos de la cumbia y salsa, mientras que otros han incorporado nuevos sonidos como el reguetón a sus repertorios.
Aguilar —quien empezó en el movimiento sonidero por “simple afición”, pero pronto creció y decidió dedicarse por completo— dice que ser sonidero es una solución social y psicológica para la sociedad, para los jóvenes, para que encuentren en la música un alivio.
Por eso, dice, llevar su sonido a Estados Unidos acorta la distancia para muchos paisanos que viven allí.
Resalta que cuando la gente asiste a un evento, no se siente que van a un baile en Los Ángeles o en Nueva York, sino que van a un baile sonidero mexicano.
“Ellos se trasladan mentalmente, creo que eso ha sido uno de los grandes aciertos de nuestro sonido, que hacemos que la magia de la música haga eso: trasladarlos a otra dimensión y espacio”, señala.
Las concentraciones más grandes de sonideros se encuentran en ciudades con una alta población mexicana y latina como Los Ángeles, Chicago, partes de California y Nueva York. Este último es quizá el epicentro más vibrante, con colectivos que agrupan sonidos locales que tocan en fiestas, sótanos y espacios comunitarios. Algunos suelen llamarlo “Cumbiayork”.
Carlos Mosso es parte de esta comunidad. Este mexicano que migró a Estados Unidos a los 19 años hizo realidad su sueño de ser sonidero en el año 2007, un oficio que combina con otros trabajos.
Cuenta a CNN que al principio fue complicado por la falta de influencia sonidera en Brooklyn, ya que no sabía muy bien cómo empezar, pero ya había escuchado a los sonideros en Ciudad de México y tenía mucha de su música.
“Yo tenía un problema fuerte, estaba un poco deprimido y decidí hacer esto para distraerme, como pasatiempo. Entonces compré aparatos para hacerlo aquí en mi casa y con el tiempo empecé a tocar en fiestas, a comprar más equipo. Y así se fue dando hasta que ya era un sonido de verdad”, recuerda el hombre de 45 años.
Mosso nombró a su sonido “Cumbierito” en referencia a su preferencia por la cumbia latina. Además, creó una comunidad en Facebook llamada “Sonideros de afición NYC” con el fin de unir a otros sonideros de la ciudad y darse a conocer.
“Acá el movimiento está fuerte, hay muchos eventos de paga, públicos, eventos gratis y donde quiera que haya estos eventos no solo hay mexicanos, también hay gente de otras nacionalidades a las que les gusta como de Guatemala, Ecuador, Honduras […] Los lugares se llenan”, precisa.
Por eso mismo, dice, hay mucha aceptación de los sonideros. Videos en redes sociales como Instagram y TikTok muestran bailes de sonideros en lugares emblemáticos como Times Square, en donde la gente disfruta del ambiente y se mueve al ritmo de la música.
La comunidad de sonideros creada por Mosso nació en el primer año de la pandemia de covid-19. Mosso resalta que tuvo mucha suerte en crearla en esa situación porque “toda la gente estaba en casa y pasaban mucho tiempo en el celular y así fue como entró mucha gente”.
Añade que la página ha crecido constantemente no solo en seguidores, sino también en sonideros que transmiten en vivo cada semana y resalta con visible emoción la satisfacción que siente cuando ve en las estadísticas que personas en Brasil, España, Ecuador o Colombia ven sus transmisiones, le piden canciones o saludos.
Este mes de abril, “Sonideros aficionados de NYC” cumplirá su sexto aniversario y para celebrarlo, Mosso organiza un evento en línea con transmisiones en Facebook toda la semana. Dice que hay múltiples razones para no hacerlo de forma presencial, entre las que destaca la situación inmigratoria en Estados Unidos: “el tema de la inmigración ha andado un poco duro, la gente tampoco quiere salir mucho, arriesgarse”.
Desde Brooklyn, Mosso hace una invitación a que las personas se acerquen a la cultura sonidera: “es algo sano, es diversión, música y ambiente, pueden relajarse, quitarse el estrés y también nos apoyan”.
La historia de los sonideros se remonta a la década de 1940 como una forma poco costosa de amenizar fiestas en casas, según el antropólogo Ernesto Rivera Barrón. Comenzaron con un equipo reducido: un amplificador, una tornamesa, un bafle y una gran cantidad de vinilos de larga duración.
Aunque se trata de un movimiento con presencia en todo el país, la capital mexicana fue su epicentro y para la década de 1960 ya se había popularizado en barrios como Peñón de los Barrios, Tepito o San Juan de Aragón, en Ciudad de México, y se extendió a espacios públicos.
Poco después incorporaron “elementos a su infraestructura y con el uso del micrófono pasaron de únicamente poner discos a ser parte importante de la fiesta como maestro de ceremonias”, señala Barrón en su texto “Los sonideros en México”, del Instituto de Antropología e Historia de México.
Más tarde amplificaron su sonido con más equipo. Los tradicionales saludos llegaron en los años 70: “En un principio eran al inicio o terminando una canción, pero durante los años ochenta esa tendencia cambió y los saludos empezaron a mandarse al mismo tiempo que la canción”, señala Rivera Barrón.
Pese a que durante años se trató de un movimiento estigmatizado, minimizado y perseguido, actualmente ya son una institución y en 2023 la cultura sonidera fue reconocida por el Gobierno de Ciudad de México como Patrimonio Cultural Inmaterial, lo que protege su valor artístico y social y destaca su papel en la apropiación comunitaria del espacio público, la música tropical y la identidad de barrio.
El sonidero es más que un baile: es un idioma compartido. En cada saludo al micrófono —con nombres, apodos y barrios que cruzaron la frontera— se reconstruye una red de pertenencia que la migración suele fragmentar. La música caribeña que lo sostiene y la estética del sonido que lo distingue funcionan como puente entre generaciones: para quienes llegaron hace décadas, es memoria; para quienes nacieron en Estados Unidos, es una forma de aprender de dónde vienen.
Y mientras haya una bocina encendida y alguien pidiendo “un saludo para…”, el barrio seguirá sonando, también del otro lado.
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