Las dos caras de Cuba: es una herida para EE.UU. y un símbolo para parte de América Latina
Análisis de Mario González, CNN en Español
“Creo que tendré que tomar Cuba, sería un gran honor”, dijo el lunes pasado el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante una conferencia de prensa en la Casa Blanca, para rematar que “podría hacer lo que yo quiera con Cuba”. Dados los acontecimientos recientes sobre Venezuela e Irán, pocos se atreverían a decir lo contrario. Por cierto, tengo que decir que jamás, a lo largo de mi carrera cubriendo toda clase de personajes de la política internacional, había escuchado una declaración como ésta y mucho menos por parte del mandatario de una de las naciones más poderosas del planeta.
Más allá de las palabras de Trump, es evidente que para su Gobierno es ahora o nunca. Las resistencias que antes del “trumpismo” se pudieron haber generado tras una acción contra el régimen cubano, hoy son débiles. El mundo y sus contrapesos cambió, y Cuba es uno de esos símbolos de un mundo y una región que ya no es.
Ese “ahora o nunca” del Gobierno de Trump se fue construyendo paso a paso, de manera muy planificada y, hasta ahora, efectiva. Primero había que eliminar los pocos apoyos efectivos que el régimen cubano tenía. El primero, Venezuela. No es errado pensar que Venezuela y Nicolás Maduro nunca fueron el objetivo central ni de Trump ni del Secretario de Estado Marco Rubio. Siempre el objetivo fue y es Cuba por muchas razones.
Sin Venezuela como aliado, se cortó buena parte del suministro de crudo a la isla que quedó con pocas opciones, porque México también se vio obligado a suspender sus envíos por las presiones directas (amenazas arancelarias) de Trump hacia la presidenta Claudia Sheinbaum. México enviaba hidrocarburos bajo dos modalidades: envíos solidarios (nunca se dijo cuánto se despachaba a la Isla) y acuerdos comerciales. Las dos se suprimieron en los primeros meses de este año. Si bien la presidenta Sheinbaum ha dicho que no está de acuerdo con esta política de Washington hacia Cuba, tampoco ha manifestado ninguna intención de quebrantarla. México inició este 18 de marzo la renegociación del T-MEC con su vecino Estados Unidos y cualquier irritante en el proceso podría resultar negativo para los intereses mexicanos.
México comenzó a enviar crudo a Cuba en 1993, durante el llamado “período especial”, cuando la isla sufrió la pérdida de su principal aliado, la Unión Soviética (1991), y requería de urgente apoyo externo. Curiosamente, mientras esto sucedía, el entonces presidente Salinas de Gortari instrumentaba con el presidente estadounidense, George H. W. Bush, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que entró en vigor en 1994.
Cerrar la llave del petróleo a Cuba ha tenido efectos inmediatos. No hay que olvidar que mientras Trump pronunciaba sus consideraciones sobre “tomar” a Cuba, la isla sufría un apagón generalizado, el sexto en año y medio, en medio del aumento de las restricciones energéticas impuestas por Washington.
No está aún claro si el apagón se debe exclusivamente a la escasez de petróleo y derivados en las centrales eléctricas, o a la fata de mantenimiento de las mismas, pero la coincidencia es igualmente perjudicial para la población que desespera y que comienza a protestar en las calles, aunque no masivamente porque hemos registrado que los instrumentos de represión del régimen siguen funcionando, quizás no están intactos, pero funcionan. Sí, una de las apuestas de la estrategia desde La Casa Blanca es provocar inconformidad social, y el presidente Miguel Díaz-Canel sabe que no puede actuar con una ola represiva a gran escala que pudiera justificar y precipitar una intervención más decidida y directa.
Mientras todo esto sucedía, desde la Habana, el ministro de comercio exterior e inversión extranjera, Oscar Pérez-Oliva Fraga, anunciaba cambios en la política para permitir que residentes cubanos en el exterior y sus descendientes puedan invertir y tener sus propios negocios en la isla, que implicaría también cambios en las restricciones de Estados Unidos a las inversiones en Cuba. Sin embargo, hoy esa declaración que hace algunos años o meses pudo haber sido importante, hoy parece tibia y tardía frente a las palabras de Trump.
Otra parte de la estrategia de Washington ha sido la de sumar aliados regionales a la causa del presidente Trump y, hasta ahora, eso ha sido muy sencillo. Y es que, como pocas veces, dentro de los mandatarios latinoamericanos que hoy gobiernan existen algunos que son auténticos fanáticos del “trumpismo” y de su movimiento, y no lo digo como crítica sino como una descripción.
La presentación del llamado “Escudo de las Américas” en Florida, a inicios de marzo, es una muestra clara de esto: una docena de mandatarios y representantes de un total de 17 países de América Latina, unidos para enfrentar la gran amenaza que representa el narcotráfico y cuyo epicentro, según dijo Trump, está en México. ¿Los ausentes? México, Colombia y Brasil. No, no fue un error en el envío de las invitaciones, como en algún momento se sugirió, esas cosas no pasan y menos a ese nivel. Fue un mensaje directo para manifestar el poder y la influencia que hoy tiene Estados Unidos sobre la región, que en algún momento pensó que podía formar bloques anti-estadounidenses, al igual que alguna vez lo hizo con Cuba como referente moral e ideológico de una izquierda latinoamericana que por procesos internos de sus propios países y externos fue perdiendo terreno.
Porque Cuba representa muchas cosas, símbolos del presente y del pasado. Cuba es una herida abierta para Washington, para los miles de exiliados que fueron expulsados por la revolución, para los que mantienen familias en la isla, para los que quieren volver.
Cuba representa una de las derrotas estratégicas de Estados Unidos a lo largo del siglo XX, cuando hablábamos de la bipolaridad del mundo, de la “Guerra Fría” y las ideas soviéticas se instalaron frente a la cara del enemigo, con amenazas concretas como la llamada “crisis de los misiles” en aquel octubre de 1962, cuando la inteligencia estadounidense reveló que la ex Unión Soviética instalaba misiles nucleares en la isla.
Y por otra parte, Cuba representa esa resistencia de las muchas izquierdas latinoamericanas frente al “imperialismo estadounidense”, tan vivo en América Latina, tan presente en el peronismo, en el sandinismo, en el chavismo, en correísmo, en la cuarta transformación. Cuba es un símbolo para las izquierdas institucionales, que formaron gobiernos, y para las radicales, que formaron guerrillas, muchas con el auspicio, sí, de Cuba.
Por eso, estoy convencido de que el objetivo central de la política de Trump hacia América Latina, es Cuba. Siempre fue Cuba.
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