Un tratado clave sobre armas nucleares llega a su fin. Es un golpe al mito de “superpotencia” de Rusia
Análisis de Matthew Chance
Desde el colapso de la antigua Unión Soviética, Rusia ha tenido un papel considerablemente disminuido en el escenario internacional.
La desintegración, en 1991, de lo que el presidente estadounidense Ronald Reagan alguna vez llamó un “imperio del mal” dejó al Kremlin con menos territorio, menos poder financiero y menos influencia en todo el mundo.
No obstante, Rusia mantuvo su peso en un área crucial.
Su estatus continuo como superpotencia nuclear, en pie de igualdad aproximada con EE.UU., garantizaba incluso a una Moscú debilitada un lugar en la mesa principal de la diplomacia internacional.
En cumbres nucleares, el líder del Kremlin podía sentarse con toda pompa frente al ocupante de la Casa Blanca, como en los días de gloria de la Guerra Fría, para decidir sobre asuntos de seguridad internacional.
En 2010, el entonces presidente de EE.UU., Barack Obama, y su brevemente empoderado homólogo ruso, Dmitry Medvedev, hicieron justamente eso, al acordar el tratado New START (Tratado de Reducción de Armas Estratégicas), que en su momento fue calificado por la Casa Blanca como “histórico”. El tratado New START limita a ambos países a un máximo de 1.550 ojivas nucleares estratégicas desplegadas en sistemas de lanzamiento, incluidos misiles balísticos intercontinentales, misiles balísticos lanzados desde submarinos y bombarderos.
Pero esos días, al igual que el propio tratado New START que expira este jueves, parecen haber terminado.
La desaparición del último acuerdo de control de armas entre EE.UU. y Rusia —acuerdo que Washington acusó repetidamente a Moscú de violar al negar inspecciones en instalaciones nucleares rusas— ha sido minimizada por el Gobierno de Trump, con el propio presidente estadounidense restando importancia a la aterradora perspectiva de un mundo sin límites en armas nucleares.
“Si expira, expira”, bromeó Trump en enero, mientras sugería que eventualmente se podría lograr un acuerdo “mejor”.
Esa clara falta de urgencia en Washington contrasta marcadamente con la ansiedad en Moscú, donde ha habido muchas quejas y lamentos sobre el tema de la reducción de armas.
Hablando con periodistas en Moscú mientras se acercaba la finalización del tratado New START, Medvedev —ya no presidente, pero sí un funcionario de seguridad franco en los márgenes del poder— advirtió sobre el peligro de dejar que el acuerdo expire. Sugirió que esto aceleraría el “Reloj del Juicio Final”, la representación simbólica de cuán cerca está la humanidad de destruir el mundo.
“No quiero decir que esto signifique inmediatamente una catástrofe y que comenzará una guerra nuclear, pero debería preocupar a todos”, añadió Medvedev.
El Kremlin ciertamente parece preocupado.
Su propuesta de extender los términos del New START, según el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, hasta ahora ha sido recibida con silencio por parte de EE.UU., lo que amenaza con desatar una nueva era de inseguridad.
“Por primera vez, Estados Unidos y Rusia, los dos países que poseen los mayores arsenales nucleares del mundo, se quedarán sin un documento fundamental que limite y establezca controles sobre estos arsenales”, dijo Peskov a periodistas en una reciente conferencia telefónica centrada en el tema nuclear.
“Creemos que esto es muy malo para la seguridad global y estratégica”, añadió, apelando a temores que probablemente sean compartidos en gran parte del mundo.
Pero las expresiones de preocupación del Kremlin pueden ser más interesadas y estratégicas de lo que están dispuestos a admitir.
Además de verse privados de una plataforma de reducción de armas que exhibe uno de sus últimos vestigios de poder de la era soviética, Moscú ahora enfrenta un futuro de posible expansión nuclear estadounidense sin restricciones.
El Gobierno de Trump, por ejemplo, ya ha vuelto a plantear la idea de los acorazados “clase Trump” dotados con armas nucleares, una medida de la era de la Guerra Fría que fue abandonada hace décadas.
La antigua Unión Soviética podría haber igualado esto. Pero con una economía y un presupuesto de defensa que son una fracción de los de Washington, Moscú prácticamente no tiene esperanzas de mantenerse al ritmo, lo que exacerba la ya enorme brecha de poder e influencia entre los viejos rivales.
Por supuesto, EE.UU. tiene sus propias razones para permitir que el control de armas nucleares con Rusia caduque, entre ellas su deseo de incluir a China, una potencia nuclear emergente, en futuros acuerdos.
Pero la expiración de New START marca el fin de una era, no solo de los tratados de control de armas de las “superpotencias” que se enfocaban exclusivamente en Moscú y Washington, sino también de una época en la que EE.UU. estaba dispuesto a aceptar límites nucleares.
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