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Dio la vuelta al mundo solo y sobrevivió tormentas, averías y una pandemia. Pero su viaje más inesperado comenzó al regresar

Por Julia Hernández Mata, CNN en Español

David Ruiz lleva unas 50 horas sin dormir cuando Thor se detiene en el norte de Australia, rumbo al estrecho de Torres. Sin motor y con las velas arriadas, el velero es arrastrado por la corriente hacia los arrecifes. Uno de los pilotos automáticos está averiado; el otro, descalibrado. David lanza el ancla, pero la cadena sale disparada y el sistema eléctrico también falla. Cuando finalmente el ancla agarra, Thor se detiene con un tirón brutal que lanza a David sobre la cubierta.

Queda golpeado y exhausto, con los arrecifes a pocos metros. Un choque podría ser mortal.

Horn Island está a solo dos millas. Darwin, a unas 400. David lleva 30 horas gobernando el velero a mano y sabe que el cansancio ha empezado a jugar en su contra. Por primera vez durante su travesía considera pedir auxilio por radio.

Todavía no sabe que aquella vuelta al mundo no terminará cuando Thor llegue a Barcelona. El viaje le devolverá el barco, la ciudad y la vida que había dejado atrás, pero también pondrá en su camino a una persona que terminará cambiando el sentido de su regreso.

Para entender cómo llegó hasta allí, sin embargo, hay que retroceder en el tiempo. Hay que volver a un muchacho de 15 años que todavía no sabía navegar, no tenía un barco y ya estaba convencido de que algún día daría la vuelta al mundo.

“Cuando aprendí a parar para escucharme, di el primer paso para irme”.

Así comienza Irse, el libro en el que David cuenta los tres años, 10 meses y 26 días que pasó dando la vuelta al mundo a bordo de Thor, el velero que terminaría convirtiéndose en compañero, refugio y protagonista de su aventura.

El sueño nació cuando tenía 15 años. Entonces leyó El largo viaje, de Bernard Moitessier, un libro fundamental para generaciones de navegantes. La lectura le dejó una certeza íntima: algún día navegaría alrededor del mundo.

No sabía cómo. Tampoco cuándo. Pero algunas ideas no necesitan un plan para quedarse con nosotros.

A los 40 años compró su primer barco. Alrededor de los 50 empezó a pensar seriamente que aquel deseo adolescente podía convertirse en realidad. Para entonces ya había cruzado cuatro veces el Atlántico: en 2010 hizo el viaje de ida y vuelta y volvió a cruzarlo en 2012. Cada travesía sumó experiencia a un proyecto que todavía no tenía fecha.

En 2016, después de 25 años de actividad, cerró una etapa de su vida y puso fin a su rutina en la agencia de creatividad y diseño. Cuando finalmente se hizo a la mar, la mañana del 9 de noviembre, no llevaba solamente la ilusión de cumplir un sueño. Llevaba años aprendiendo a navegar y a tomar decisiones cuando no existe una respuesta perfecta.

David tiene una manera concreta de enfrentarse a lo desconocido: hacer listas.

Antes de zarpar identifica los riesgos, pone nombre a los miedos y convierte lo incierto en algo que pueda mirar de frente. Esa costumbre también forma parte de su vida cotidiana. Baila durante 10 minutos cada día, lee en voz alta, medita y hace una lista de sus miedos.

“Bailar y estar depre es imposible”, dice.

“Escribir un miedo significa sacarlo de la cabeza y colocarlo delante. Entonces puedes observarlo, analizarlo y, si es posible, gestionarlo”.

También está la aceptación, no como resignación, sino como “una forma de entender las reglas del juego y decidir si está dispuesto a jugar”.

En el mar, esas reglas son implacables. Hay cosas que un navegante puede preparar, pero no controlar: el viento, las corrientes, el clima, una avería, el cansancio. Lo único que queda bajo su control es la respuesta.

En realidad, la vuelta al mundo nunca fue solamente la historia de un hombre frente al océano. Fue también la historia de su relación con Thor.

David no habla del velero como una simple embarcación. “El barco era como mi mano”, dice.

A bordo, David era toda la tripulación. Navegaba, cocinaba, reparaba, vigilaba el tiempo, calculaba las rutas y tomaba cada decisión. Thor no solo lo llevaba de un puerto a otro: era su casa, su taller y su refugio durante casi cuatro años.

Por eso David lo considera el protagonista de su historia y también de Irse. Thor aparece en las jornadas tranquilas, en los paisajes que lo dejaron sin palabras y en los momentos en que una avería podía transformar el océano en una amenaza.

Y aunque el viaje había sido concebido como una travesía en solitario, el mar terminó encontrando maneras de llenarlo.

En algunos puertos aparecieron compañeros inesperados. Un gecko se coló en el barco y David lo bautizó Cabrón. Su misión era ayudar a combatir los mosquitos. Después apareció Feroz, un pequeño pájaro que también convirtió a Thor en su refugio durante parte del trayecto.

A veces bastaba un animal que hubiera decidido quedarse. Como el cocodrilo al que David observó durante un mes reposando sobre la costa durante las horas de luz y desapareciendo a la noche para volver al día siguiente. Cada vez que habla de la feroz criatura lo llama “mi cocodrilo”.

Con el paso de los meses, la vuelta al mundo comenzó a convertirse en algo diferente de aquel proyecto que el adolescente había imaginado décadas atrás. La ruta podía dibujarse sobre un mapa, pero había otra travesía que ocurría dentro de Thor.

David tuvo que aprender a desconectarse del trabajo y a convivir con el tiempo. Durante el viaje leyó más de 300 libros y se interesó especialmente por la neurociencia y el budismo. Las paredes del barco fueron llenándose de frases, pensamientos y recordatorios para recuperar perspectiva.

“Comprendí que se puede cambiar la realidad cuando ves todo negro, que la realidad la creas tú, con tu mente”, dice.

El océano, entretanto, continuaba recordándole que no todo dependía de él. Podía estudiar las rutas, organizar sus días, preparar listas y anticipar riesgos, pero al abandonar un puerto siempre quedaba una parte del viaje que nadie podía controlar.

Quizá por eso, después de casi cuatro años navegando, David dice algo que podría parecer extraño:

“Jamás me pregunté por qué me metí en esto”.

La dificultad no le quitaba sentido al viaje. Era parte de él.

También lo era la belleza. Ballenas, delfines, aves marinas, islas remotas, puestas de sol y paisajes que solo pueden contemplarse desde el mar acompañaron sus días.

Desde Martinica cruzó el Caribe, dejó atrás islas como Dominica, Guadalupe y Santa Lucía y siguió las costas de Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador. Después vino el Pacífico: las Marquesas, “el lugar más hermoso que he visto en el mundo, donde la conexión con la naturaleza es total”, las Tuamotu, las islas de la Sociedad, Tonga y Nueva Zelanda, antes de continuar hacia Nueva Caledonia, Vanuatu y Australia. El rumbo lo llevó después por Indonesia, Malasia y Tailandia, hasta Sri Lanka y las Maldivas, y de allí hacia las costas de África y el mar Rojo. Finalmente cruzó el Mediterráneo, atravesó Turquía y Grecia, bordeó Italia y puso proa hacia Barcelona.

Tres océanos, decenas de islas y países y 27.000 millas náuticas, unos 50.000 km después, aquella línea trazada sobre el mapa terminaba donde había comenzado. Pero Barcelona no sería solamente el punto de llegada. David todavía no sabía que allí comenzaría otra historia y que alguien inesperado ocuparía un lugar en ella.

“Sé que esta aventura y ver estos paisajes es un privilegio”, dice.

Pero hubo lugares donde el paisaje dejó de ser hermoso para convertirse en una advertencia.

En el norte de Australia, mientras Thor avanzaba hacia el estrecho de Torres, la belleza empezó a convivir con un peligro que David había subestimado.

El canal se estrechaba y la corriente ganaba fuerza. El barco avanzaba cada vez más despacio. David llevaba unas 50 horas sin dormir y había pasado las últimas 30 gobernando a mano. Un piloto automático estaba averiado y el otro, descalibrado.

Tenía dos opciones: abandonar la ruta y dirigirse a Darwin, lo que habría añadido unas 400 millas, o intentar doblar la punta que tenía delante, a solo dos millas.

Siguió adelante.

El motor llevaba horas trabajando contra la corriente cuando finalmente dijo basta. Una nube de humo blanco empezó a salir del compartimento y David tuvo que apagarlo. Sin motor y con las velas arriadas, Thor quedó a merced de una corriente de hasta seis nudos y de fuertes vientos que lo empujaban hacia los bajos.

El barco empezó a retroceder.

David había tardado una hora en remontar una milla. Ahora veía cómo esa distancia desaparecía en cuestión de minutos.

Corrió a proa y soltó el ancla.

La cadena salió disparada. El freno mecánico no respondió. El mando eléctrico del molinete también falló. Cuando finalmente el ancla agarró, Thor viró de golpe y se detuvo con un tirón brutal que lanzó a David sobre la cubierta.

Todavía tenía que asegurar la cadena antes de que todo el sistema cediera.

Consiguió sujetarla con una amarra y una de las resistentes cornamusas del barco. Solo entonces pudo detenerse a respirar.

Estaba magullado, exhausto y cerca de los arrecifes. El motor podía haber sufrido daños graves. Y, por primera vez en toda la travesía, David sintió que aquella extensión de sí mismo a la que había confiado la vida podía fallarle.

La relación con Thor acababa de cambiar.

Después revisó el motor y descubrió que había perdido líquido refrigerante. El problema del molinete eléctrico era un fusible. Eran fallos concretos y solucionables, pero quedaba el problema esencial: había que salir de allí.

Para hacerlo tendría que levar el ancla y enfrentarse de nuevo a la corriente. No tenía un piloto automático que pudiera mantener el rumbo mientras trabajaba en la proa y estaba demasiado cerca de los arrecifes como para permitirse un error.

El cansancio pesaba. Llevaba decenas de horas sin dormir y sabía que el agotamiento había influido en las decisiones que lo habían llevado hasta aquel lugar.

Por primera vez, pensó seriamente en pedir auxilio por radio.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Después de horas de tensión y miedo, David sintió una descarga de adrenalina acompañada de una claridad mental repentina. Según cuenta, comenzó a visualizar las maniobras necesarias para salir de allí, una tras otra, como si de pronto el caos hubiera adquirido un orden.

Decidió ponerle música a aquel instante. Sacó un altavoz a cubierta y puso a todo volumen “La cabalgata de las Valquirias”, de Richard Wagner, la pieza que Francis Ford Coppola utilizó en la célebre escena de los helicópteros de Apocalypse Now.

Y empezó a maniobrar.

Una decisión. Después otra. Y otra.

Esta vez no hubo errores.

Thor consiguió salir de aquella situación y quedar fondeado a salvo en Horn Island.

Volvió a confiar en sus propias capacidades y también en Thor, su aliado en esta aventura.

El viaje también estuvo marcado por los encuentros con otros navegantes. Durante distintos tramos, David coincidió con otros veleros que compartían durante un tiempo el rumbo antes de separarse.

En el mar Rojo eran cinco los que avanzaban hacia Suez. En Djibouti, un brigada de la fragata española Numancia le advirtió sobre la piratería en Bab el Mandeb. El 14 de marzo comenzaron a recibir por Iridium noticias confusas sobre cierres de puertos y una situación que pronto transformaría el viaje. No había mucha información sobre por qué no podían atracar ni bajar para comprar provisiones.

Tras cruzar Bab el Mandeb sin incidentes, los cinco veleros se reencontraron en Eritrea. Allí, una regata nocturna entre arrecifes terminó con Thor en primer lugar. Poco después, los militares los expulsaron del país. En Sudán volvieron a ordenarles marcharse, aunque David y los tripulantes del Aldivi, el velero que llevó a la primera familia mexicana a dar la vuelta al mundo, consiguieron quedarse temporalmente.

David llevaba casi cuatro días sin dormir.

Después llegó Egipto. En mayo, al entrar en Port Ghalib, encontró un mundo que parecía salido de otra época: un puerto desierto, hombres con mascarillas y guantes, mangueras de fumigación y unas reglas que nadie sabía todavía cuánto durarían. La pandemia había llegado para quedarse, o eso parecía. Solo tuvo 15 minutos para cargar combustible y algunos alimentos. No podía desembarcar.

“Esto es Mad Max”, escribió en su bitácora.

Thor y Aldivi terminaron refugiados en Soma Bay, donde permanecieron casi tres meses. Compartieron días de confinamiento, buceos y nuevas amistades mientras se abastecían discretamente.

Hasta que llegó el momento de continuar. Algunos puertos comenzaban a abrirse, la amenaza del virus empezaba a mermar y todo parecía encaminarse. Todo, excepto unos dolores abdominales que habían comenzado tímidos y ahora empeoraban. David supo que tenía que zarpar.

El 1 de junio de 2020, Thor y Aldivi pusieron rumbo a Suez. Después de atravesar el canal, David entró finalmente en el Mediterráneo.

Habían pasado casi cuatro años. Y mientras David se acercaba al final de su travesía, también se acercaba, sin saberlo, a una persona que tendría un lugar inesperado en su vida.

Mientras sonaba Serrat y el Aldivi avanzaba detrás de él sin adelantarlo, David lloró en la proa de Thor, comiendo espaguetis con ajo y aceite de oliva.

“Yo nací en el Mediterráneo”, escribió, con la voz de Serrat de fondo.

Cuando David regresó a Barcelona, llevaba una vuelta de ventaja.

O eso creía.

Había pasado cuatro años navegando, lejos de la rutina y de las certezas con las que había partido. Pero mientras él avanzaba por los océanos, el mundo también había cambiado. La pandemia había transformado los puertos, las fronteras y las reglas de navegación. La sociedad a la que regresaba ya no era exactamente la que había dejado.

Y había otra transformación que todavía no podía ver.

En Barcelona retomó el contacto con Montse Minguet (58 años), una vieja amiga a la que hacía tiempo que no veía. Apenas si se recordaban el uno al otro. Pero a manos de Montse había llegado el libro en el que David había puesto como protagonista a Thor, su aliado de aventuras.

El reencuentro comenzó con un correo de Montse y una coincidencia en la presentación del libro de David en Ibiza. Después llegaron más correos y, con ellos, las conversaciones sobre sus respectivas aventuras, el yoga, la neurociencia y la naturaleza.

Luego aparecieron los libros. Se recomendaban lecturas, intercambiaban comentarios, saltaban de una historia a otra. Una conversación llevaba a la siguiente y, sin darse cuenta, aquella correspondencia empezó a construir una nueva forma de cercanía. Las posdatas se hicieron cada vez más personales y sugerentes.

Hasta que llegó el momento de volver a verse.

Y el lugar para la cita no podía ser otro que Thor.

El mismo barco que había sido casa, refugio y compañero de David durante cuatro años se convirtió también en el escenario de aquel reencuentro. Después de tantos océanos y tantos puertos, por primera vez había alguien sentado al otro lado de la mesa.

Ahora hablan de lo que podría venir. De vivir cerca de la naturaleza, de pasar una temporada en la montaña, de dejar que aparezca algún plan que todavía no saben nombrar. No hay una ruta trazada ni un itinerario cerrado.

Por primera vez, quizá tampoco hace falta un mapa.

David pasó cuatro años siguiendo un rumbo alrededor del mundo. Aprendió a leer el viento, a reparar su barco en mitad del océano y a seguir adelante cuando todo parecía indicar lo contrario.

Pero hay viajes que no aparecen en ninguna carta de navegación.

Después de recorrer el mundo para volver al punto de partida, David tiene ahora delante una travesía completamente distinta: descubrir hacia dónde puede llevarlos la vida.

Y esta vez, cuando la aventura vuelva a comenzar, no estará solo.

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