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En el último año hubo siete elecciones en América Latina. Estos son los cuatro fenómenos que dieron forma a sus resultados

Por Gonzalo Zegarra, CNN en Español

Entre un péndulo que en varios casos acarrea derrotas a los oficialismos y una ola que, con matices, favorece a la derecha, hay varios fenómenos que están impactando a nivel regional, más allá de las particularidades de cada país. Las elecciones en América Latina con tableros partidos dejan una interrogante: ¿por qué cada vez es más difícil ganar con claridad y sostener la confianza?

El ajustado conteo de votos en Perú, que posiblemente vuelva a definir la presidencia por tercera vez consecutiva con una diferencia de menos de 50.000 votos, combina factores como la hiperfragmentación política en un escenario de fuerte polarización.

“Es un fenómeno regional tanto la alta competitividad como la escasa diferencia entre los (candidatos) más votados, con una alta polarización afectiva”, dijo a CNN la politóloga Flavia Freidenberg, investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). “Todo esto es como una molotov, muy desafiante para la ciudadanía, para organismos electorales, para los medios”, agregó.

El escenario lleva a que varios mandatarios de la región asuman con victorias pírricas con escasa legitimidad, mientras partidos tradicionales ya no pueden construir ventajas aplastantes que lograban hace unas décadas.

“La poca diferencia entre los candidatos, el margen de victoria o nivel de competitividad está presente en varias elecciones de América Latina de las últimas décadas, es regional. Está condicionado por especificidades de cada contienda y los liderazgos”, afirmó Freidenberg.

Hace poco más de un año, Daniel Noboa lideró la primera vuelta con solo 16.746 votos más que la correísta Luisa González, aunque se impuso con claridad en la definición. En Bolivia (Rodrigo Paz), Chile (José Antonio Kast) y Costa Rica (Laura Fernández), las diferencias fueron holgadas, pero en Honduras Nasry Asfura ganó por menos de un punto con un escrutinio criticado por sus rivales. Colombia se prepara para la segunda vuelta y todavía faltan unos meses para los comicios de octubre en Brasil, donde las encuestas llegaron a mostrar un empate técnico.

La polarización, “en principio, tiende a llevar en primera vuelta a una fragmentación y dispersión del voto”, explicó a CNN el politólogo Daniel Zovatto, especializado en procesos electorales, quien aclara que las campañas cambian según el sistema de cada país.

Por ello, remarcó que en Honduras, que tiene una ronda única de votación, no se dividió en dos listas, sino que había tres candidaturas fuertes, y que en Colombia la diferencia entre el oficialista Iván Cepeda y el outsider Abelardo de la Espriella fue de tres puntos. En cuanto a Perú, dijo: “Es inédito, un país adicto a los balotajes con resultados hipercerrados, un fenómeno único”.

Zovatto también apuntó que la doble vuelta no siempre funciona de la misma manera. En Chile, tres candidatos de la derecha dividieron el voto, pero luego unieron fuerzas en torno a Kast frente a la oficialista Jeannette Jara. En cambio, en Colombia “en lugar de haber una fragmentación, lo que hubo es una concentración del voto de la derecha y otros sectores” en torno a De la Espriella. “Depende mucho de los sistemas, de cómo actúa la polarización”, añadió.

El término más usado para describir las campañas, no solo en América Latina, no necesariamente es un fenómeno malo y puede incluso ser positivo.

“Hay diversas maneras de entender la polarización. En general es buena para las democracias, quiere decir que hay al menos dos visiones de las cosas, donde no todos tienen que pensar igual”, dijo Freidenberg. “El problema es cuando la usas como una estrategia para desconocer al otro en su legitimidad de competir o de ganar. Cuando se convierte en polarización afectiva, de tribus, como una estrategia nociva. Eso sí es nuevo en la realidad latinoamericana”, sostuvo.

En las campañas recientes, la sociedad pasa a dividirse en campos mutuamente excluyentes, con una percepción de enemigos antes que adversarios. “Es lo que algunos autores llaman la polarización perniciosa, con bloques sólidos que dividen a los países en dos”, dijo a CNN Eduardo Gamarra, docente de ciencias políticas en la Universidad de la Florida (FIU). “Estos enfrentamientos electorales, lejos de resolverse en una segunda vuelta, se agudizan”, expresó.

Los clivajes de esa división ya no se explican solamente con la tradicional disputa de izquierda vs. derecha.

“La ideología como tal ya no explica mucho”, dijo Gamarra, quien identificó tres ejes. “Uno es muy fuerte, es de clase social, grande y profundo; se muestra empíricamente a través de cifras de desigualdad y pobreza, de gente que no ha visto los beneficios de la democracia o del populismo”, señaló. “Otro clivaje sobre todo muy fuerte, sobre todo en la región andina, es el racial-étnico, que no se ha resuelto”, agregó. El tercer punto que expuso está también vinculado a los dos primeros: el geográfico, que en Perú se dividió entre Lima y las regiones, y en Bolivia entre el este y el oeste, por ejemplo.

El politólogo Jesús Castellanos, docente de la Universidad Central de Venezuela (UCV), destaca que el enfrentamiento político también se instala muchas veces en torno a liderazgos fuertes, como Hugo Chávez en Venezuela, el correísmo y anticorreísmo en Ecuador y el fujimorismo vs. antifujimorismo en Perú. “Estamos frente a sistemas con distintas características, pero con una enorme polarización. Son democráticamente frágiles”, dijo el analista.

Freidenberg habló también de las consecuencias de la polarización en el escenario político. “Ahora es la estrategia para todos, ya no hay espacio para el centro, hay cada vez un vaciamiento. Los que estaban en el centro se van hacia los extremos y usan la polarización como estrategia política, en escenarios de alta competitividad. Es una situación explosiva”, advirtió.

La caída de los grandes partidos de masas es señalada muchas veces como uno de los fenómenos que explican el momento político. La investigadora de la UNAM pone algunos matices al respecto.

“Desde que soy pequeña dicen que los partidos están en crisis. Tengo siempre mis dudas sobre esa crisis de representación. Hay un problema de articulación de intereses, más que representación”, apuntó Freidenberg, quien sostiene que parte del conflicto no radica en la institución partidaria como tal, sino en la forma en que los partidos son organizados y controlados por élites. “Hay que distinguir entre la idea teórica de un partido con los partidos que tenemos. Incluso los liderazgos carismáticos necesitan de partidos. Tenemos una visión idealizada de la democracia representativa”, consideró.

Gamarra se expresó en el mismo sentido. “Desde mediados de los 90 se convirtió en algo popular decir que los partidos no servían, que era posible tener democracia sin partidos. La realidad empírica es que no se puede, al menos la democracia representativa, basada en la idea de que el pueblo gobierna a través de sus representantes, y que no es una democracia directa”, aseguró.

“Cuando caen estos sistemas, hay un serio problema, una incapacidad de recomponer los viejos partidos, que siguen siendo a pesar de todo los únicos que tenían una base social profunda. Hay una nostalgia por los partidos después de haberlos criticado tanto. Lo que tenemos ahora son grupúsculos de individuos con algo de dinero que logran organizarse electoralmente, y con algunas excepciones, sin raíces profundas”, añadió.

Volviendo al caso peruano, Gamarra señala que la candidatura de Sánchez, que arrastra las adhesiones al expresidente Pedro Castillo, sí tendría conexión con bases sociales, mientras que Freidenberg se refirió al caso de Fujimori: “Si vemos Perú, es un sistema pensado para democracia sin partidos. Allí Fuerza Popular es un partido fuerte, con disciplina, claridad programática. Son fenómenos distintos, puede haber sistemas con partidos débiles o con partidos fuertes”, comentó. El país andino tuvo el récord regional de 36 candidaturas inscritas para la presidencia y ninguna alcanzó el 20 % en primera vuelta.

Castellanos, de la UCV, agregó por su parte que con la dispersión de movimientos políticos “el tema ideológico se diluye”, y también se abren grietas para nuevas alternativas. “El debilitamiento de los partidos da la posibilidad que nuevas opciones se cuelen ante la fragmentación. Un sistema débil abre la compuerta para que esquemas de polarización se fortalezcan”.

Aunque la polarización apele a campañas más emotivas, también genera un desafecto entre los sectores que no se sienten identificados con las principales candidaturas, lo que se exacerba por las decepciones encadenadas por líderes que no cumplen las expectativas generadas en campaña. La última encuesta del Latinobarómetro reportó que el 81 % de la región desconfía de los partidos políticos.

Gamarra, de la FIU, afirmó que “en toda la región hay una crisis de confianza en las instituciones públicas” y apuntó que eso genera “resultados extraños” con más margen para los outsiders, pero agregó que ello a su vez refuerza un círculo vicioso. “Cuando llegan al poder (sin un partido fuerte), como en la primera vuelta se suele elegir al Parlamento, la mayoría no tiene una base legislativa para gobernar. Eso agudiza aún más la situación. Hay una incapacidad de los nuevos presidentes que no tienen base institucional ni apoyo político para cumplir sus promesas de campaña. (…) Se ven obligados a gobernar con las calles”, comentó.

Sobre el electorado, Castellanos destacó el papel de las redes sociales, que en algunos casos agudizan las divisiones ideológicas. “No conozco una sola elección reciente en la que (las redes) no hayan tenido un rol importante, con el tema de las fake news, por ejemplo, o la posibilidad de llegada a públicos más diversos”.

Si bien el investigador reconoció un “cansancio y agotamiento” entre los electores, destacó que hay una motivación a participar porque “todavía cree que hay una oportunidad de cambio”, de sentir que su voto puede hacer la diferencia. “Es una de las principales fortalezas en América Latina, finalmente hay elementos que pueden movilizar a la población. Puede ser un liderazgo, un partido o también el deseo de cambio”, dijo, aunque el analista venezolano aclaró que también depende de la realidad de cada país y la credibilidad de los procesos.

Para Gamarra, la desconfianza en la política se produce “en gran medida porque no se cumplen las promesas”, lo que define como “un déficit democrático enorme”, que a su vez genera una ventana de oportunidad para liderazgos efectivos e incluso más autoritarios.

Con la desafección política, muchos votantes se activan solo en los últimos días de campaña, decidiendo su voto incluso hasta en la fila de votación. Encuestas en varios países muestran una semana antes de los comicios un número alto de indecisos o de votos en blanco que finalmente terminan apoyando a alguno de los candidatos.

Sin embargo, el desapego no se traduce con contundencia en un ausentismo.

“(El nivel de participación) depende del país. La tendencia de las últimas décadas ha venido cayendo en América Latina, pero no podemos hablar de una crisis de participación política generalizada”, dijo Zovatto. “En algunos países vemos fenómenos de mayor o menor crisis. En algunos casos depende mucho de si tienes un sistema voluntario u obligatorio. Todas son dinámicas muy coyunturales, con variables que juegan”, agregó el investigador electoral.

En Colombia, donde el voto es voluntario, la participación en la primera vuelta fue del 57,9 %, casi tanto como en 2022, que fue la más alta desde 1998. Es una cifra que contrasta con niveles como los de 2014, cuando fue de apenas 40,1 % en la primera vuelta.

En Perú, el 74 % del electorado participó en la primera vuelta, lo que, sin contar la votación del 2021 realizada durante la pandemia de covid-19, es la tasa más baja para una primera vuelta desde 1995. En segunda vuelta, con el escrutinio aún en marcha, la participación ronda el 71 %, una caída de tres puntos con respecto a la votación de hace cinco años.

“La tasa de participación tiene que ver que te obligan por un menú limitado de opciones que nadie considera deseable, votan por el mal menor”, dijo Gamarra.

Para el analista, “el fenómeno más dramático es la profundización de la desconfianza”, lo que entre otros efectos hace que la población dé un margen mínimo de acción a sus líderes. “Nadie confía en el próximo presidente. ‘Le vamos a dar chance, pero si no me resuelve los problemas en dos semanas, veremos…’”, parafraseó. En cuestión de meses, incluso líderes que ganaron por varios puntos, como Kast en Chile y Paz en Bolivia, perdieron popularidad y enfrentan protestas callejeras. Las llamadas “lunas de miel” son cada vez más cortas.

Con ese contexto, Gamarra dijo que lo que está en juego es también el significado de la democracia por las estrategias de polarización perniciosa. “Hay una noción representativa liberal frente a otra noción que confunde lo que es la democracia, como un proyecto que excluye a las minorías, que persigue a quien no piensa igual y busca la hegemonía del poder, de control sobre las instituciones”.

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