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¿Es el mate el nuevo matcha? La bebida sudamericana se convierte en símbolo de status y se exporta con rituales adaptados

Por Cecilia Domínguez, CNN en Español

“Aquí con mi matecito, en el set de Avengers”, cantaba la actriz Zoe Saldaña, vestida de su personaje Gamora, en un video que se hizo viral en 2019. En sus manos sostiene un recipiente de cuero del que bebe de una bombilla metálica. En Argentina, todos reconocieron la bebida inmediatamente: el tradicional mate. En el mundo, todavía resultaba algo extraño. Pero ese escenario fue cambiando y hoy el ritual icónico del país sudamericano se ha vuelto popular a nivel mundial.

El verde intenso y brillante, el sabor fuerte y con personalidad, y el vapor humeante de uno caliente podrían describir tanto al té matcha japonés como al mate sudamericano. Ambos nacieron ligados a rituales precisos, casi ceremoniales. Consumido desde el siglo IX en Japón, el matcha alcanzó su máxima popularidad en la última década y se convirtió en un fenómeno global. Se transformó en latte, helado, polvo y hasta en símbolo de bienestar en las cafeterías de las principales capitales del mundo. Ahora, el mate comenzó un recorrido similar.

Hace unos 500 años, los pueblos guaraníes en Argentina, Paraguay y Brasil empezaban una tradición que se extendería hasta nuestros días. Hoy, una pava sobre el fuego, una bombilla que se comparte, una ronda que se arma casi sin pensarlo y un mate que se pasa de mano en mano, son una escena cotidiana típica de América del Sur. Es que más que una bebida, el mate funciona como una costumbre social y una forma de encuentro. Para muchos extranjeros, esa imagen puede resultar extraña: personas compartiendo un mismo recipiente metálico, lleno de yerba y tomando de una bombilla común. Un ritual íntimo y colectivo al mismo tiempo, que genera curiosidad y empieza a viajar, hasta cruzar fronteras y hablar otros idiomas. Hasta aparecer en vestuarios europeos, en sets de filmación, en giras musicales por el mundo. El mate recorre kilómetros como una compañía cotidiana y, al mismo tiempo, misteriosa para quienes no crecieron con él.

En ese recorrido, lo sostienen figuras globales, lo imitan curiosos y lo adoptan quienes conviven con argentinos, uruguayos o paraguayos. Además, de Zoe Saldaña, Lionel Messi lo lleva como una extensión del cuerpo; el papa Francisco lo compartía en púbico; Franco Colapinto explica cómo cebarlo; Antoine Griezmann lo incorpora en sus entrenamientos.

Sin embargo, a la tradición y a las reglas también se les atreven nuevas formas: incluso Barron Trump, el hijo del presidente de los Estados Unidos, impulsa proyectos de bebidas con sabor a mate, una señal de que la infusión empieza a leerse también como un producto global, adaptable y exportable. ¿Acaso es el mate un ritual en expansión? ¿O es apenas un sabor de moda con el que se pretende innovar?

Que las celebridades incorporen el mate a su vida pública despierta una curiosidad inmediata: qué es, cuál es su sabor, cómo se toma, qué hay detrás. “El cantante de Metallica, James Hetfield, empezó a tomar mate antes de los conciertos, como un ritual y por sus propiedades estimulantes y antioxidantes”, cuenta Alexis Holzmann, director del Museo del Mate, en Buenos Aires. Allí, se conservan más de 30.000 piezas de distintos materiales, formas y tamaños, que narran no solo la historia del mate en América del Sur, sino también su expansión por el mundo.

Mientras explora el Museo y degusta distintas yerbas, Víctor, un ecuatoriano que vive en Estados Unidos, dice: “Veía a los jugadores de fútbol tomando algo todo el tiempo y me preguntaba qué era. Era mate, una especie de café de ellos, y por eso quise venir a probarlo”. Aunque admite que el proceso es “bastante trabajoso”, asegura que intentará incorporarlo de regreso a su país. A miles de kilómetros de allí, en Medio Oriente, no se preguntan por el mate, porque ya es un hábito: “En Siria, que es de los mayores consumidores, se toma en un vaso de vidrio individual y se comparte la pava. El ritual es distinto, pero la lógica del encuentro permanece”, explica Holzmann.

Lejos de ser un consumo marginal, el mate tiene un mapa global bastante definido. Siria se mantiene, desde hace décadas, como el principal importador de yerba mate argentina, con un consumo arraigado que se transmite entre generaciones. Entre Siria y Líbano, concentran casi el 70% de las exportaciones de yerba mate argentina, según el Instituto Nacional de Yerba Mate (INYM). Solo en el primer trimestre de este año, las exportaciones superaron las diez mil toneladas en todo el mundo.

Pero el mate no se explica solamente por el sabor y sus propiedades. Uriel Charne lo entendió cuando advirtió que en una ciudad repleta de cafeterías casi no existían espacios dedicados exclusivamente a esta infusión. Junto a un amigo, creó una boutique pensada para ofrecer algo más que un producto: una experiencia. Aprender a prepararlo, comprender sus tiempos, elegir la temperatura exacta del agua, descubrir la pausa y habitar su ritual. “El mate es encuentro”, resume. Y quizás ahí está parte de su expansión.

Exportar yerba a su país de origen era el sueño de Samantha Trottier, una estadounidense amante del mate. Y lo cumplió. Aunque todo empezó bastante distinto: la primera vez que lo probó, no le gustó. Fue cuando Hernán, un argentino que después se convertiría en su esposo, le alcanzó un mate en un bar hace seis años. Le supo a pasto. Y no entendió ni lo que era la bombilla ni cómo esa “yerba suelta” no se filtraba. Pero volvió a probar y algo cambió. Primero, fue un hábito tímido en la merienda. Después, cotidiano. Es que, en Dakota del Norte, de donde es originaria, el mate es una rareza. “No hay otra bebida comparable. Podés pensar en el té verde o el matcha, pero el mate es otra cosa: la forma de prepararlo y de compartirlo es distinta”, admite.

Esa diferencia fue también una oportunidad. Con una comunidad creciente en redes sociales y el mate siempre en escena, se hizo una pregunta simple: por qué no existe una yerba pensada desde ese lenguaje, más cercano a lo digital y a las nuevas audiencias. “Queríamos hablar de que es nuevamente cool tomar mate entre los jóvenes, que se estaban volcando a las cafeterías de especialidad”, afirma. Así nació su marca, Cósmico Yerba Mate. El proyecto empezó en 2023 y, en pocos meses, escaló: hoy está presente en más de 1800 puntos de venta y se exporta a Estados Unidos, la Unión Europea y Australia.

Pero mientras Samantha apuesta a aggiornar la tradición, el escenario global empieza a ir todavía más lejos, y ya no se trata solamente de la hoja suelta.

“El mate es un fenómeno cultural enorme, que nació con los pueblos originarios y creció hasta convertirse en un símbolo de identidad en toda América del Sur”, dice Nikolai Ivansson, un sommelier de yerba mate de origen ruso. Lo conoció hace cuatro años en un viaje a Argentina. La primera vez tampoco le gustó. Pero hubo algo, no exactamente el sabor, sino lo que pasaba alrededor, que lo hizo volver. Empezó a investigar por su cuenta, entre libros y blogs. Le intrigaba la infusión, pero sobre todo su efecto: esa escena repetida de ronda, mates cebados y conversación.

En Rusia, cuenta, el mate sigue siendo exótico. Aun así, quienes lo adoptan lo hacen con rigor: mate, bombilla y cierta devoción. “Somos muy fanáticos del té negro, pero el consumo del mate está creciendo. Es un desafío grande, porque hay que enseñar a tomar mate y transmitir toda la cultura detrás”, sostiene. Su trabajo hoy consiste en buscar variedades orgánicas y perfiles singulares para exportar, para que los consumidores rusos prueben nuevos sabores. En ese camino, empezó a experimentar: técnicas del café aplicadas al mate, cold brew, flash brew y bebidas a base de mate. “Cada uno toma mate como le gusta, no hay una sola forma correcta”, afirma. Sonríe cuando recuerda las críticas que recibe cada vez que rompe una regla no escrita y publica en redes sociales cócteles preparados a base de mate.

Como en todo ritual vivo, la tradición también se discute. “Hoy el mercado mundial de bebidas listas a base de mate y extractos ya supera al de hoja suelta”, confirma Ivansson. Y así como él se atreve a ir por más, en el mundo pasa algo parecido, especialmente en Estados Unidos y, dentro de la Unión Europea, en España, Alemania y Francia. Barron Trump, el hijo del presidente de los Estados Unidos, está a punto de lanzar este año una marca de bebidas a base de yerba mate. En esa expansión, no solo el mate llega en latas, sino también en cápsulas para quienes, como prometen algunas campañas, quieren disfrutar de su sabor “sin hacer lío”. Ya no hace falta cebarlo: alcanza con disolver una cápsula en agua caliente. El sabor resiste, pero la ceremonia de prepararlo y compartirlo empieza a desaparecer.

Entonces, ¿qué es el mate sin el ritual? ¿Alcanza el sabor para conservar algo de su identidad? ¿Qué es lo que exactamente viaja por el mundo? Probablemente, la discusión no sea si el mate cambia, o si es el nuevo matcha, sino qué conserva mientras se transforma. Porque incluso convertido en lata, cápsula o bebida energética, sigue cargando una idea de origen, una memoria cultural, una forma de encuentro, aunque al traspasar fronteras el ritual se vuelva otra cosa. Allí podría estar la verdadera expansión del mate: no en reproducirse de manera idéntica, sino en dejarse reinterpretar.

Quizás el mate nunca llegue a convertirse del todo en el nuevo matcha. Y tal vez ahí resida parte de su encanto.

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